domingo, 30 de diciembre de 2007

Aguas profundas por Adrián Ferrero


Los libros que leemos, en especial en la infancia, nos desordenan, detrás de un placer aparente, un goce que no tiene otro sentido que la violencia de que seamos algo o, quién sabe, quién puede saberlo, dejemos de serlo.

¿Cuál es el primer paisaje? Seguramente una casa. La puerta con los barrotes cruzados, formando perfectos triángulos equiláteros enfrentados, que a su vez son un cuadrado, en los que alguna vez metí la cabeza y quedé atrapado. El temor de no salir nunca más, el terror de permanecer me asaltan como una tromba y como un ataque. Salgo, por supuesto. Creo que con ayuda.

¿Por qué elijo empezar por una cautividad? ¿Seré un cautivo? Ese territorio o esa prisión son una primera señal de cuando los objetos pueden manifestarnos su hostilidad, de cómo somos esclavos de un cuerpo, una familia, una Historia (también con minúscula) y que sólo algunos, unos pocos, llegarán a contarla.

Las fotos son lo único que tengo para aferrarme a una imagen de mí mismo de esa época. Nosotros dos tomados de las manos, como dos huérfanos perdidos o cuya discutible orfandad recién ahora se evidencia. Detrás de la cámara está la mano de mamá o de papá. Eso no es la soledad. Es un recuerdo al que regreso gracias a una foto avejentada. La guardo en un cajón. Allí quedará. Cierto día mi hija vi una foto suya y me dijo que dónde estábamos su madre y yo. “Hija, detrás de la cámara, sacando la foto”. Ese “sacando la foto” no suena algo natural para un niño, que teme ser abandonado, que teme a la oscuridad y la soledad. Que teme, ante todo a la pérdida. Verse solo es verse sin nadie alrededor. Y eso, supongo, provocará la misma sensación de cuando alguien llega sin compañía a un país donde se habla otro idioma y no tiene a nadie que lo espere para recibirlo o para compartir su estadía.

El envase del detergente a mí me parecía una golosina. Esa consistencia lenta, amarillenta y untuosa como la miel. Pesada como una golosina. Transparente. ¿Qué sabor podía tener sino dulzón? Todo se resolvió con la desesperación de mi madre. La llegada intempestiva de mi abuelo, su padre, una llamada al departamento de toxicología de no sé qué hospital. Y una crema deliciosa de leche en polvo con muy poca agua, una suerte de pasta al estilo de la leche condensada, dulzona como la misma golosina que me prometía el envase de detergente. ¿Habrá sido todo un ardida para probar de esa otra golosina, que por fin me fue dada? Me parece natural pensar en el detergente como en algo goloso. Y ahora, que lo tengo frente a mí, me resulta irrisorio. Esa misma ambivalencia me hace pensar que uno es muchos tiempos a la vez. Uno es el gesto natural de abalanzarse sobre el detergente, golosamente, y uno es el asco alerta de la limpieza, de lo infecto, de las solteronas obsesivas porque uno ande sobre patines.

En el jardín de infantes me encanta cometer un acto perverso. Consistía en acercarme a los enormes hormigueros, una especie de pirámide de tierra negra, hecha de granitos muy sólidos y diminutos, después de los días de lluvia. Tomar dos o tres caracoles de alguna planta. Destrozar el hormiguero con un palo y arrojar a los caracoles vivos sobre la hormigueante multitud de insectos que caminan los unos sobre los otros. Así como no deja de entreverse la crueldad, tampoco deja de entreverse una curiosidad sin límites. Sin ascos. Sin concesiones al buen tino. Los caracoles emiten una espuma, me imagino que como un mecanismo de defensa.

Una hilera de sillas como un tren y yo enseñando a escribir o leer o pensar. No quiero ser profesor. Pero en ese gesto de enfilar, de formar un cordón de asientos o vagones que conducen hacia algo, el saber o la instrucción, hay un acto de fe. Padre del aula, inmortal.

Mis libros son múltiples. Hay una especie de diccionario que por orden alfabético contempla una serie de definiciones de objetos, personas y profesiones. Es amarillo y creo que es de editorial Sopena. Me encanta bucear en esas definiciones tan redondamente ajustadas. Aseverativas, en general, me gusta aprender imágenes rotundas del mundo. Ese ajuste entre las definiciones y un mundo tan inconsútil, dinámico, en movimiento, a veces me tranquiliza. Recuerdo las letras escritas en color rojo, mayúsculas y minúsculas, ambas puestas la una sobre la otra. La tapa con texturas por no decir áspera.

Otro libro cierto era una colección de fábulas, de tapas enormes y finitos en extensión. Tiene ilustraciones de liebres y cigueñas y conejos y tortugas. Recuerdo que la velocidad era una variable muy importante en esas vueltas y revueltas de los libros. Los animales corren y unos son más veloces que otros y eso es definitorio para la intriga de la fábula. Borges tiene toda esa larga serie de textos sobre Zenón de Elea. E lea, lea, lea, no deje de leer, amigo Borges.

“La gamita ciega” de Horacio Quiroga deja un recuerdo imborrable en mí. Su patetismo, no exento de cursilería. También un bello cuento, “Las medias de los flamencos”, que en la escuela primaria dramatizamos con éxito. Tenía imágenes absolutamente definidas y visuales del texto. Imaginaba las medias, las víboras de tal o cual color, de varios colores, a decir verdad. El río. En fin. Creo que ninguna imagen literaria está mejor impresa en mí que la de ese cuento sobre la estupidez o la ambición, que son más o menso lo mismo. Todo acaba en una mordida, en un terrible desgarrón de dolor.

Abuela es profesora de química y mineralogía. Es extremadamente raro que una mujer nacida a principios de siglo se haya interna en aulas universitarias, con muy buenas calificaciones, y admirara a Madame Curie. Tiene la casa sembrada de ejemplares de piedras raras: amatistas, fósforo, grafito. También con figuras volumétricas que ejemplifican la composición molecular (supongo yo) de esos minerales. Ella preparaba sus clases con ese material didáctico o quizás estudiaba con ellos en su época de alumna de la Universidad. Para mí es una forma de observar un mundo tangible pero muy distante, acaso invisible. Inexistente en este lugar de la tierra, pero presente en algún sitio. Esas formas (octogonales, piramidales) las usábamos para jugar. En ese momento son juguetes para mí, material didáctico para ella. Sus piezas de madera volvían visible lo invisible a los ojos; mis textos vuelven legible lo que pienso o habita mi fluir psíquico, para llamarlo de alguna manera.

De pibe era alérgico a las abejas. Me picaban y se me hinchaba la cara o la mano o el brazo hasta adquirir un tamaño desmesurado. Hago un tratamiento con inyecciones y con un médico y odio los pinchazos. Creo que me curo. Recuerdo que vamos después de la escuela, a la tarde, a lo de ese médico amigo de mi familia, lo que ahora llamaríamos un alergista.. Si ahora me picara una abeja no sé qué ocurriría. ¿Me inflamaría hasta dónde?

No recuerdo mi infancia como algo desgraciado sino como algo muy feliz. Tengo la sensación de haber sido niño, de haber gozado, disfrutado, comido, corrido, salido a muchos sitios y jugado a muchos juegos. Recuerdo también el mundo de los adultos como una barrera infranqueable para mí, distante. Esa barrera, formada por horarios, permisos, rutinas, comidas y bebidas (el café, no; encima en unas tacitas horribles de plástico naranja y amarillo, de pésimo gusto, en la quinta de mis abuelos) ha dejado de ser un territorio ansiado. Estoy en él, lo habito, sin darme cuenta, sin saberlo, sin desearlo. Soy arrojado allí como mi madre me expulsa sobre la camilla de parto o un barman a un borracho sin dinero. Así como bebí su leche ahora bebo mi café o un termo de mate. De noche, una infusión de cedrón, boldo o tilo arrancados de árboles de mi ciudad y cuidadosamente secados.

Recuerdo un día con mi hermano, siendo niños pero no tanto. La llegada de mi tía, la hermana de mamá, y su marido. El anuncio brusco, como quien dispara un revólver feliz, de chasco, del futuro nacimiento de un primo que ahora tiene 30 años y es cirujano. En este país los cirujanos son cirujas, en especial los que trabajan en Hospitales públicos, no les pagan un mango, igual que a los maestros y profesores. Salud y educación. Y amor. Regreso a la escena del embarazo anunciado: la reacción de mi hermano y mía: ponernos a armar juguetes artesanales para ese bebé. Yo, por ejemplo, armo un sonajero con un palito y una pelota de plástico agujereada. Que suena, suena. Una hermosa alegría entre todos. Un júbilo interno, de algo amoroso que se acerca. Pero lo que vale es la intención, como dice tan piadosamente la gente buena.

Un mal recuerdo: la tarde de la comunión de mi prima mayor. No sé si lo dije. Pero odio la carne de vaca. Ahora amo el asado, al asador, a la parrilla, al horno. La mastico, de chico, muchas veces y la termino escupiendo. Mi madre se afana cortándola en trozos pequeños. Yo la como y la guardo en los costados de la boca, armo como un buche. Pido ir al baño y allí la escupo por el inodoro y tiro la cadena. Tanto se enoja mamá que me prohíbe ir a la comunión de mi prima que para mí es un evento importantísimo, no sé por qué extraño motivo. Después mi rabia, tiempo después, al ver las fotos de la comunión. Mi prima vestida con una especie de casaca con una cruz roja atravesando su pecho. Un odio retrospectivo, de algo que es inmodificable, de algo de lo que me hubiera gustado ser parte, aparece cuando pienso en que hubiera deseado con toda mi alma participar de ese momento. Acompañarla, verla con esa ropa tan distinta, como una manto. Y no puedo. Y nunca, nunca jamás podré hacerlo. Ni siquiera viendo esas fotos, escuchando su relato, escribiéndo tal como debió ser.

Papá y mamá nos llevan a una odontóloga con nombre difícil para que nos haga la ortodoncia y corregir nuestros dientes defectuosos. Es una buena persona, cariñosa y sabe tratar a los niños. Me encanta el hecho de que su consultorio da a un cuarto de su propia casa donde hay multitud de peces de colores. Un acuario que me maravilla y me hace pensar en los prodigios marinos que leí en Stevenson, Melville, Verne, en el mismo Salgari. Anclas, veleros, costas y mares subterráneos. Me dejo arreglar los dientes con condescendencia pero desconfianza. Reconozco que siento algo de pudor. ¿Por qué alguien quiere ver algo tan privado como mi boca y mi saliva, que chorrea?

Las golosinas son algo muy ansiado. Un chocolate pequeño, con una sorpresa dentro. En general un muñeco representando a algún personaje de historieta o televisión. O algún caballero. También las “mielcitas”, que son una especie de melaza de distintos colores envasadas en pequeñísimos sachets unidos los unos a los otros mediante líneas de plástico. Se comen de la siguiente manera: se muerde un extremo del sachet, se aprieta o exprime con los dedos la otra punta, se chupa esa miel. Años después, me gusta la miel. Amo la miel. Es un manjar.

ADRIÁN FERRERO

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