domingo, 25 de noviembre de 2007

SOBRE EL POETA FRANCO FORTINI: "Una hora existe", por Jorge Ariel Madrazo





Franco Fortini fue un poeta fundamental del camino poético que media entre los grandes nombres que marcaron a fuego el 900 --Montale, Ungaretti, Quasimodo, Saba, etcétera-- y aquellos poetas posteriores que fueron señalando el fin del llamado hermetismo; esto es, el fin de la corriente impulsada por esos grandes autores, más centrada en los resplandores y dolores del yo interior y en el sentido iluminador de la palabra, antes que en los nexos lógicos/analógicos o el tejido conceptual-comunicador del poema.
En efecto: los poetas de la posguerra del 45 al 55 abrieron paso por un lado a un nuevo realismo que, en el caso de Pasolini, fue tan inocente y escandalizador como un vendaval, aunque en la misma línea de angustia ante la banalidad y la hipocresía de la Italia de esos días que amargó la ancianidad de Montale, Ungaretti y Quasimodo. O bien, a partir de los años ‘60, a causa de idéntico desencanto con la realidad se volcaron a una audaz experimentación con las formas y el lenguaje. Por ejemplo, ciertos poetas que nacieron entre los años 20 y los ’50, como los renovadores Edoardo Sanguinetti, Antonio Porta, Nanni Balestrini, y en otro carril Andrea Zanzotto y los más jovenes Valerio Magrelli o Milo De Angelis. Los primeros, incluídos entre los llamados Novíssimi, así como en la denominada neovanguardia y el Grupo del ’63: en algunos de ellos, el intelectualismo y la adhesión a una poesía caótica y de la no-significación ocupó un lugar prioritario y hasta excluyente (situación que, es verdad, cambiaría luego en los años ‘70 y ’80 cuando el poeta dejó se sentirse aislado y protagonizó un nuevo florecimiento creativo).
Tales rasgos hiper-rupturistas, que en su forma más aguda durarían hasta 1968, los diferenciaron por completo de Fortini. Pero también otros poetas ya muy notables como Luzi, Sereni, Caproni, siguieron sus propias vías distintas del vanguardismo.
Fortini, nacido en Florencia en 1917 para morir en Milán en 1994, aunque muy influyente en Italia es casi ignorado en la Argentina, no obstante la sobria exactitud –por lo mismo, tan conmovedora-- que distingue a su poesía.
Recordemos: su padre, Dino Lattes, era un abogado judío y su madre, Emma Fortini del Giglio, una católica de la pequeña burguesía. Incluso, Franco sufrió las consecuencias de las leyes raciales y en mayo de 1939 se hizo bautizar en la iglesia valdesa: una coriente cristiana de principios muy estrictos y puros. En junio de 1940 se licenció en Humanidades, y en el 44 se afilió al Partido Socialista. El año siguiente participó en la creación de la revista Il Politecnico, en 1953 empezó a colaborar en Nuovi Argomenti; dos años más tarde fue uno de los fundadores de la revista político-literaria de izquierda disidente Ragionamenti. Escribió en Avanti, simpatizó con el Frente Popular, fue activista del antifascismo y protagonista omnipresente del debate cultural (son muy conocidas sus polémicas con Pier Paolo Pasolini, al que admiraba y respetaba si bien considerándolo un “neoromántico” y un ejemplo, para Fortini insuficiente, del “genio individual”); como ensayista tuvo entre sus intereses fundamentales la relación entre literatura y política y las condiciones del intelectual en la sociedad neocapitalista, a la que repudiaba y que fue causa de sus grandes desilusiones en la posguerra: Fortini esperaba que de las cenizas del fascismo surgiera otra sociedad más auténtica y popular.
Como ha señalado la estudiosa María Esther Badín, Fortini se había ubicado, en parte, en la predominante cultura hermética pero resueltamente la abandonó y sin embargo no adhirió al neorrealismo ni a la propuesta de experiencias formales. Se alejó de ellos y elaboró su propia poética en la que une la experiencia literaria con su adhesión política al marxismo. Que era un compromiso vital, capaz de unir vida y obra en un haz inescindible. Destaca Carlo Bo, citado por Badin: Fortini era uno de aquellos que “redujeron la vida a la literatura, sus existencias coinciden con el oficio de poeta y las palabras representan el único modo de estar vivos”. En el caso de Fortini, a través de una enorme intransigencia ética y temperamental, que lo llevó a rechazar también la burocratización de la izquierda institucionalizada. Como su amado Brecht, Fortini quería salirse del mezquino yo lírico, para tomar distancia del subjetivismo individualista y de la idea romántica del poeta como “un alma que se expresa”. Lo que no le impidió recuperar lo mejor de la tradición y de la lírica que juzgó pertinente y eficaz. Su obra fue la traducción poética de un compromiso: una búsqueda atormentada de instancias políticas y morales. El poeta se propone “insertar las constantes de la condición humana en la urgencia ética-social”, según han hecho notar a su turno las catedráticas Susana Anfossi y Andrea Calabró y la poeta Rita Kratsman, compiladoras y traductores de la antología de Fortini «Una hora existe». Allí destacan además un giro importante en la poética fortiniana: “frente a cierta acumulación de sentido político en la primera parte de su obra, en los últimos poemas ese mismo sentido parece suspenderse, como si los fragmentos de la existencia cayeran en el enigma más absoluto”.
El poeta y crítico Antonio Aliberti lo dijo de otro modo: “Por ser el fruto de desencantos y firmes posturas ético-intelectuales, la poesía de Fortini puede dar la impresión de poner énfasis en lo negativo… El poeta de ‘Este muro’ parece desconfiar de la poesía, por eso sus versos semejan el sólido esqueleto de un edificio en construcción o en gran parte destruído…”
Fue impresionante la actividad pública de Fortini, su militancia cultural y social que lo puso en estrecho contacto con figuras desde Sartre o Calvino a Paul Eluard, desde Adorno y Ronald Barthes –con quien también rompió cuando las manifestaciones en París por la guerra de Argelia, acusándolo de indiferencia--, hasta Pavese y Vittorini. Fundó revistas y actuó en muchas otras, como Oficcina a la que ingresó por invitación de Pasolini. Y son notables sus traducciones de todos los grandes autores, de Proust y Jarry hasta Apollinaire, de Eluard y Pavese a Queneau y del filosofo George Lukas o Bertolt Brecht. Y viaja a China, escribe canciones militantes, como la célebre Marcha de la Paz. Y poemas de amor a su compañera Ruth, pero también escribirá contra la Guerra del Golfo en Medio Oriente. En fin, es incansable. Y va quebrando lanzas con muchos de sus compañeros, varios de los cuales lo tildan de “soberbio” o “negador a ultranza”. Por si eso no bastara, tomó parte activa en las luchas de la resistencia partigiana.
Su calidad de soldado enrolado en la Segunda Guerra y luego, de combatiente partigiano, la reflejan los versos de “Italia 1942” –nacidos tras un bombardeo naval británico-- o “Valdossola”, que como explican sus traductoras “es el lugar asociado al refugio de los partisanos en los Alpes occidentales” durante la Segunda Guerra. Allí se dice, con un repicar que semeja las botas de la soldadesca: “Y un fusil bajo la hierba del prado. / Aquí hemos llegado / nosotros somos los últimos / este silencio qué es”, y una letanía que se repite: “Vendrán ahora / vendrán…
En la citada y encomiable antología «Una hora existe», los poemas de la sección Hoja de ruta aún guardan un tono elegíaco, con frecuencia tenso y conflictivo: “Llegó el invierno: una pena antigua gime / dentro de las piedras de las catedrales. / Quizás es la señal prometida y no pedir / felicidad para los días viles, el sueño muerto / que ahora oprime a mi ciudad enemiga…”
En “Italia 1942” Fortini llama a Italia “necesaria prisión”, tras haberle cantado de modo muy singular y como con asombro, con estas palabras: “Ahora me doy cuenta de amarte / Italia, de saludarte…”, y exalta a defenderla no por los monumentos de la cultura, no por las ciudades ajadas como rostros humanos ni por las cenizas de pasión de las iglesias o los libros lejanos, sino “por estas palabras / tejidas de plebes que / golpean la mente, / por esta pena presente / que me vuelve extranjero”. Es decir: la palabra, siempre, sobre todo la encarnada en el pueblo; la palabra que nos constituye porque somos palabra, y es que para Fortini la palabra es el último bastión a preservar. Y sigue “Es por esta lengua mía que digo / a los hombres hacerse libres / en su constante dolor”. Para concluir: “Ahora no sirve ni siquiera morir / por tu vano nombre antiguo.” Cabe recordar que está hablándole a su Italia, vano nombre antiguo, nada menos.
La carta poética al padre muestra la capacidad de emoción de este poeta austero, a veces seco, brechtiano. El poema “La Partida” es alto ejemplo de escepticismo y sentido de los propios límites individuales, incluso dentro de la expresión de la más noble ternura viril: “Cuando el aire de los patios / humee de noche todavía y sobre la ciudad / la brisa dé vuelta los plátanos, bajaré por la calle / hacia la estación de donde salen los obreros. / Contra ese río triste de pechos, pero vivo / a través de la móvil esperanza / que se ignora y resiste, / iré hacia mi tren.”
Hacia mi tren. Vale decir, hacia el decisivo viaje personal, hacia otro destino inexpresado, tras haber gustado las uvas dulces y fugaces de “la móvil esperanza”.
Fortini escribió poemas tan bellos y exactos como “Los relámpagos de la magnolia”, una suerte de Ars Poética fortiniana, memorable como otros del mismo año 1994 que fue el de su muerte. Quiero recordar el final de un poema que habla de la sobriedad existencial de este grande poeta, de su conciencia de que la vida de un hombre puede caber en un único gesto. Porque, aunque la poesía no cambie nada y nada sea seguro, hay que escribir. Y el poema, el gesto poético, es la respuesta ante la muerte.
“… oigo los alaridos / de los desgarrados por hombres perros / que también / una de estas noches quieren matarme. / Indico / con un único gesto de la mano / sea pasión o vanidad / la celeste forma de la muerte / la forma sucia de la melancolía.”*

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