domingo, 25 de noviembre de 2007

MARÍA NEGRONI , ARTE Y FUGA


Como un dolor altamente musical: el arte de la fuga, una demostración de contrapunto.


“el otoño/ hace cantar al amarillo/ hoy es domingo/ llueve/ está abierto/ el jardín cerrado/ de la palabra nunca”: tensión in medias res. Y así se abre el libro.
Pero en este Clave por cierto bien temperado, el preludio se esconde tras una melodía magistralmente sostenida, mientras que la fuga se exalta con voces que oiremos si permanecemos atentos, si nos dejamos caer en el corazón del asombro.
De la nada, el fracaso hace cantar al ruiseñor, voz poética que insiste en una permanente irrealidad. De manera que la vida es esa comba que hay que readaptar aun a costa de una espera eterna, porque todo lo que hace tiempo, pone a flor de piel la espuma barrosa de la incertidumbre.
Por lo tanto este poemario tiene que ver con un “caracol imperfecto”, como la vida misma, como el dolor que genera una distancia:
“nunca se supo/ jamás se sabrá con certeza/ cómo en el pecho de esa prisión/ avanzaban/ dos niños viudos/ dos novios huérfanos/ más altos/ que un territorio invadido”.
Una mujer sola, en su desnuda inexperiencia y sin pudor, es mirada por un río que la recibe para acunarla en su regazo y desde ahí ella canta una música incumplida: ...canta/ está cantando ahora / cómo emprender un vuelo/ hacia sí misma”. Dicho de otro modo, como canta la partera para anunciar una llegada, aunque siempre hay alguna cosa que no llega y ni siquiera está la esperanza de que llegue, sin embargo, un Deseo, escrito así, canta todavía el cuerpo inconcluso de lo real.
Veintiún poemas numerados y con pequeños subtítulos entre paréntesis pretenden indagar un misterio que nunca terminará de explicarse, al menos para la poeta que si bien maneja el oficio de una exquisita afinación, ciertos matices seguirán en la penumbra: gravedad llevada hasta la cuerda más alta de la sustancia poética.

"Buenos Aires no es la ciudad de los amantes” dice Negroni, " a lo sumo/ Buenos Aires muere/ como una ciudad inclinada” sobre la cual decide no escribir dado que ahí las palabras también mueren.
En cambio la música habla claro como una flecha de agua, porque el lenguaje también vive en el agua y en la profundidad se agranda la dimensión de su escritura: “…crece el agua/ en mi lenguaje aproximado…” susurra uno de los versos.
En consecuencia como en toda fuga, las voces del texto con su dialéctica de entrar y salir y por momentos dialogar, dan forma a un maravilloso contrapunto de amor perdido en una ciudad más alta, otra: “dos animales cansados/ de ser y no ser/ de nunca y siempre”. Pero además de “él” y “ella” hay otras voces como ser la muerte, el miedo y hasta el poema mismo, de modo que nada queda sin hablar, aunque nada esté en su nombre y el poema lastime por eso: “…digan lo que digan/ Londres/ no es real en Londres/ como la infancia no es real/ en la infancia” dice la autora.

Pero la música también es algo que puede contener besos disputados hasta por la propia muerte, que de continuo busca un lugar donde instalarse.
Y cuando el diálogo pasa a ser monólogo, una suerte de condescendencia reviste la voz “sujeto” que promete ser luna y oro, en la quietud de una tregua que alivie el dolor aunque no lo cicatrice, para perderse “como un barco que se aleja/ para llegar primero/ adonde siempre estuvo”. Y a eso que la poeta llama “música incumplida” es simplemente la dificultad de avanzar por la palabra “nunca” como una noble traducción de lo indecible. Por lo tanto la vida es un animal que siente miedo de noche y a la vez es el cuerpo de esa noche. Y no hace falta aseverarlo, es la voz del poema, el poema mismo.
Pero la poesía sola no alcanza, un domingo es un día para amar, un día en el que las palabras con destinatario pueden quedar huérfanas.
En la comprobación de ese desierto sin embargo, la voz “saliente” trata de entender eso que quedó “inexpresado al expresarse”. Y en la pregunta sin respuesta por averiguar si todo hubiera sido de otra forma, el tono se repliega para confirmar una sentencia “…el deseo/ instiga un arte antiguo/ entre lo nunca habido/ y no dañado aún”.

Como si hubiese transcurrido un año, en el último tramo del libro se vuelve al otoño, punto de partida, “como espera de lunas/ escritas sobre el río”. Un año para ordenar ilusoriamente un caos, para ir terminando un largo poema que sigue abierto como una herida caprichosa, un dolor atento “en el centro del agua” porque el agua, es también el lugar del decir constante.
Por eso Negroni nos habla de una poesía que viene desde lo hondo y donde la palabra se desplaza con el ritmo de una corriente impetuosa incluido el afán por esquivar los sobresaltos.
ARTE Y FUGA parte del alma con el fraseo equilibrado de una línea melódica que le facilita un lenguaje de dolor. Es además iluminación de inmenso, espacio íntimo donde la poeta doblemente, pone en juego su autenticidad estilística como “intérprete y autora” de una composición excepcional: Arte de la Fuga a varias voces, no obstante un pesar que se muestra, se derrama y no será olvidado.

RITA KRATSMAN

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