martes, 16 de octubre de 2007

MEDITACIONES EN EL BOSQUE de Selva Dipasquale



EDICIONES EN DANZA
Ilustración de tapa: “Jardín de resonancias” de Mónica Millán.

Con qué finura de tacto el bosque da vueltas alrededor de un alma amarilla mientras se espera que los animales todavía agazapados, vengan a rebasar el instante como la miel de un vaso.
Así empieza un poemario escrito a raíz de meditaciones en un bosque donde los abejorros se desplazan como canadienses helados y sin embargo de colores.
No hay protagonismos en la magnificencia de una fronda donde todos los matices predominan, por lo tanto la poesía se revela con musicalidad pareja. No obstante, la belleza goza de sus pleonasmos cuando la mímesis alcanza su apogeo.
Y como una alquimista la voz cantante dice:

“Uñas de nieve”

“¿Es el bosque o mi cuerpo el que despide globitos de un fermento gris?”

Bosque, lugar pensado y donde se piensa. Inconsciente infinito de imágenes inverosímiles pero representables de modo que la espesura, avanza por los caminos luminosos de la mente hasta que el cuerpo de la voz, se convierte en ardilla, entorno avasallante como dice la frase de Rilke:

“¿Sabe a nosotros el espacio del mundo en el que nos disolvemos?”

Para Selva ese hábitat no es mera contemplación, es mediación, es el espacio que la traspasa y la convierte por momentos en árbol, y hasta en la partera que da a luz en una casa del bosque. Porque en toda ensoñación hay un bosque con su sistema de arcanos y “verdeazules” tan indescifrables como algunos sueños. ¿Pero acaso los sueños no aparecen sin fecha ni espacios ordenados?:

“Nos vamos de vacaciones con mis padres a Afganistán
-si ven a las mujeres cantar o bailar en las calles no tienen que imitarlas.

En la que fue la cama de mis padres
Un musulmán duerme la siesta”

De manera que el asombro del lector se pliega y comparte el camino de la poeta que se abre para penetrar juntos, un mundo onírico. Y es ese mundo el gran símbolo del que se es parte y a la vez conciencia.
El bosque gravita en la conformación armónica de su mente, instaurando ritmos y proporciones que la desmenuzan.
Y en su atracción por lo irreal el texto se mueve con una sensualidad loada por esa voz que se expresa sin censura, lirismo que se presenta con una embriaguez dionisíaca.
Cualquier expresión es insuficiente para definir la santidad de una red tupida, ramaje, techo, cúpula:
Bosque –mar en la capilla del mar oscuro, donde la ramada se confunde y protege a los hombres que se transforman en arañas cuando salen del mar; o bosque-santuario en la capilla de las almas, espacio donde los pinos bailan como amigos mientras cae una lluvia de bolitas azules; o bosque –cama en la capilla de los insectos durmientes, un lugar para dormir o bosque-templo para creer en el ciclo del amor si se deja afuera la desdicha. Grupo de poemas surgidos por la seducción del objeto mismo, el bosque y sus lianas envolventes. Receptáculo de fuerzas que convergen y donde todo es pasible de ser cantado.

Selva Dipasquale escribe mientras crece el bosque, mientras cada rama palpita hasta hacer brotar las palabras.
Y hacia el final del texto las hojas amarillas como un eco del alma amarilla del primer poema cierran un ciclo de vida, van a morir pasando a los ocres oscuros de la conciencia, seguramente, hasta otro renacer:

“la noche hará brotar un corazón y el corazón un tallito” a modo de invocación reza el epígrafe de Paul Celan que cierra el libro.

Y como dice Florencia Fragasso en el prólogo: “El bosque se medita, no hay otro sujeto mediante más que el propio espacio que se hizo uno con la voz”.
De modo que la esperanza se instala en ese nacimiento que procede de la arcilla seca y de la tierra húmeda tomando la forma de un cuerpo nuevo, brillante como la materia del texto, como el color de su música.
Meditaciones nace del desierto que Selva Dipasquale construye en su corazón y lo hace cantar como quien obedece un mandato o sigue el consejo de alguien que sabe acertadamente como Eckhart Meister, que ese es el lugar para que una voz se deje oír.
Y así el pasto se retira como si fuese mar, un oso parpadea y una ardilla que parece aire, corre, corre.

RITA KRATSMAN