lunes, 24 de septiembre de 2007

MARCAS DE UNA POÉTICA



Pavese en mi escritura

Tenía diecisiete años en 1971 cuando, recién llegada a Córdoba desde mi pueblo en la llanura, cursé Literatura Italiana y me encontré con Pavese, por eso esta invitación tiene para mí algo de aquel mito circular que Pavese amaba, un retorno al inicio, porque fue en las clases de Trinidad Blanco, quien ahora me convoca a estas reflexiones, que me encontré con él y con su escritura. La luna y las fogatas fue lo primero que leí, aunque enseguida nomás fui detrás de sus demás libros todo lo que pude. “Descubrí a un escritor piamontés que parece que hablara de nosotros”, le dije a mi padre un par de semanas después cuando regresé al pueblo, aunque yo no supiera aún en qué consistía ese “nosotros”.
Mi padre había nacido en Airasca, al borde de las langas, en 1921, apenas trece años después de Pavese, fue llamado al ejército fascista, un año más tarde desertó y se unió al movimiento partisano hasta el final de la guerra y emigró a Argentina en diciembre de 1948. “¿Pavese?”, preguntó, “yo lo conocí, me lo presentó Lucia Neiroti, una prima mía pariente del beato Neiroti, ése al que le nació un lirio en el pecho, y medio pariente de los Pavese. Fue en Torino, cuando terminó la guerra, lo vimos venir con dos perros dálmatas, a la altura de la caserma...” ¿Lo había leído mi padre? No, no lo había leído. Era buen lector de literatura italiana, pero de autores de la generación de Leopardi o la de Pascoli, a Pavese no lo había leído. ¿Sabía entonces que se trataba de un escritor? ¿que era ya reconocido? ¿que tenía una obra hecha? Sí, lo sabía, y el aspecto de aquel hombre, sin duda diferente del común de los hombres con quienes trataba, lo había impresionado.
Mi padre murió en 1990. Unos años después, contando esto mismo -el pequeño, modesto, mito familiar entre mi padre y el escritor piamontés- a una amiga, apareció la idea y el deseo de escribir las dos versiones del poema que titulé Pavese y da nombre al libro Pavese y otros poemas

"Entre mujeres solas hemos hablado de él/ uno de estos días de marzo,/ y de la tarde en que mi padre lo vio/ pasando la caserma. Dos perros/lo arrastraban y esa tristeza que no ha vencido nadie. Il diavolo/ sulle coline acecha. Es el 45 y la guerra/ cansa . Están en Piazza Cavour/ o en Superga. En Torino, no en Le Langhe./ Mi padre muerto parece que me dice/ al oído “he pasado Stupinigi/ hacia mi pueblo”. El otro se llama Cesare/ y escribe en plenitud acerca de esas cosas/ pequeñas que nos suceden a todos/ y de volver y no encontrar ya nada./ Mi padre es partisano, un partisano/ de Ghio, y ha cumplido veintitrés. Antes/ que cante el gallo me dará esas voces/ que se oyen desde lejos, el eco/ en la colina. Están cerca las tierras/ fértiles, el cuerno de oro devastado, y la ciudad que es gris, no tiene/ cielo. Alguna vez dirá no escribo más,/ el lápiz cruzado sobre el diario,/ y acabará el oficio de vivir. No habrá/ qué hacer en la ciudad vacía sino esperar/ y esperarás que llegue. Por esta calle/ hasta el hotel mañana, vendrá la muerte y tendrá tus ojos".

Libro atravesado por la pérdida de mi padre y la de mi hermana, atravesado por la nostalgia del pueblo que se ha dejado y al que se retorna para no encontrar ya nada sino esa pérdida, atravesado por la lectura incesante de El oficio de vivir, atravesado por la figura de Pavese y por las marcas de la guerra en el escritor y en mi padre. Atravesada también yo por la certeza de haber cumplido cuarenta años y por el recuerdo de un reciente viaje al Piamonte en el que por fin había conocido a mis primos y a una tía que aún estaba viva, familiares todos con los que habíamos mantenido siempre correspondencia asidua, intercambiando miles de detalles familiares y fotografías, porque aunque mi padre nunca quiso regresar a Italia y se opuso a que habláramos italiano ni piamontés en casa, era tan fuerte el deseo de mantener de un modo idealizado todo aquello que nosotros, yo misma, somos una muestra del fracaso de su propósito.

"Recién terminada la guerra, un hombre al que arrastran dos perros dálmatas, camina por una ciudad devastada. Atravesar una calle para escapar de su casa lo hace sólo un muchacho, pero este hombre que recorre las calles todo el día, no es más un muchacho y no escapa de casa. Es Torino la ciudad devastada y el hombre al que arrastran los perros, se llama Cesare.
Quien recuerda es mi padre, todo esto me ha dicho y no habla italiano, usa, pausado, el dialecto que, lo mismo que las piedras de estas colinas, es tan escabroso que veinte años de idiomas y océanos diversos no le han hecho un rasguño, se recuerda un muchacho, partisano de Ghío, escapando, y recuerda también a su padre que buscaba las trufas, y al amigo perdido, porque el hombre sólo escucha la voz antigua que sus padres, en el tiempo, han oído, clara.
Cada vez que leo a Pavese vuelven los perros, la ciudad devastada, los partisanos de Ghío, la guerra, mi padre que recuerda, la voz que un día detuvo el padre de mi padre y cada uno de los muertos de la sangre. Porque decir Pavese es también nombrar la muerte, los muertos que heredamos, la propia muerte, su presencia constante en la memoria.
Finalmente, decir Pavese es también hablar de aquel poema-relato del que él hablaba, el poema que viene a contar las historias que no pudimos narrar, aquellas que escuchamos de niños, para que después, cuando se vuelve, como yo, a los cuarenta años, se encuentre todo nuevo, todo de nuevo, en la memoria".

Dice –con palabras mías y de Pavese- la introducción a aquel libro publicado en 1997. Es que también soy yo aquella que escucha el eco de voces, la que habita cerca de las tierras fértiles, la que se agota y decepciona en la ciudad vacía. La que quisiera escribir, la que dice no escribo más, la que teme decir no escribiré ya, porque piensa que escribir es constitutivo de su vivir. En algun momento, en alguno de mis frecuentes regresos a mi pueblo en aquellos años, después de la muerte de mi padre, le leí esos poemas a mi madre. “No es así, me dijo, no fue en Torino, fue en Roma” y trae el album de fotos y me muestra una fotografía en blanco y negro donde se ve a mi padre joven y a su prima vestida de oscuro, con el fondo de la plaza San Pedro. “Fue esta tarde”, dice señalando la foto. “¿Cómo sabés que fue esa tarde?”, pregunto. “Porque ese día que le contaste que habías descubierto a Pavese, cuando te volviste a Córdoba buscó la foto y me dijo todo”.

Mi madre nació en Argentina, también en un pueblo de la llanura cordobesa, y nunca ha ido a Italia, pero puede recorrer en la memoria cada cosa de la vida de mi padre, cada pueblo de la geografía piamontesa por donde mi padre estuvo, cada primo lejano con su historia. Algo de eso he querido poner en un poema que le está dedicado y que también pertenece al libro Pavese y otros poemas.

Del latin recordis

“El nos leía a Pascoli en la luz/de la mañana y hablaba de las tardes/ aquellas del otoño, los perros oliendo/”entre las setas, cuando iba con su padre/a buscar trufas. Ella sabía de memoria / la vida de él. El nombraba la guerra, / los años escapando, el abrazo/ de Paolo y Etiopía. Ella escondía / bajo el plato las cartas que llegaban, / y les sabía los nombres a los primos / lejanos. A veces en las tardes / recientes del otoño, ella recuerda / a Pascoli y a un pueblo que no ha visto: / hay un niño con su padre y unos perros, / y hay un hombre que se larga por los techos, / y un amigo, y es otoño, / y es la guerra”.
Mi madre se siente profundamente argentina, pese a que su primera lengua fue el piamontés, pese a que aprendió el castellano cuando fue a la escuela porque sus padres, hermanos, abuela y vecinos hablaban aquella lengua en la casa y en el pueblo, y pese a ser hija de un hombre de Magliano Alpi y una mujer de Michelino. Quise dar cuenta de eso en un poema que titulé

Las amigas de mi abuela

“Íbamos a verlas/ los días de los muertos,/ cuando la muerte no dolía./ Mi madre (que era hermosa y usaba/ tacos altos) nos llevaba de la mano, / se pintaba la boca. Hablaban piamontés,/ la palabra cerrada en la garganta a gritos. / Nos ponían vestiditos blancos de piqué/
y volvíamos con olor a gladiolos,/ a margaritas. Tenían una casa oscura / las amigas de mi abuela, y el tamaño / de un hombre. Ellos en cambio / eran flacos, frágiles como niñas:/
se llamaban Geppo,Vigü,/ Gennio, Chiquinot”.


En aquel tiempo, paralelo a la escritura de los poemas de Pavese y otros poemas, sucedió la de Stefano, una breve novela de iniciación en la que un muchachito sale de su pueblo en Piamonte, viene a Argentina y después de algunos avatares recala en Rosario como quien busca un lugar en el mundo. Se trata del viaje que un hombre hace para ser hombre, un viaje que va desde la madre hasta la mujer. Stefano fue escrita bajo un imperativo de la memoria, aquella idea pavesiana que suscribo: “recordar una cosa significa verla por primera vez/ cuando recordamos, los hechos reclaman otro significado” *, porque es el personaje que le da nombre al libro quien recordando ve por primera vez y soy también yo que al recordar descubro en lo vivido nuevos significados.
Después de terminados esos dos libros creí que había salido de la influencia de Pavese. Sin embargo, recuerdo claramente una lectura de poemas pertenecientes a Kodak, un pequeño libro que publiqué en el 2001, cuando alguien que no me conocía, alguien a quien no conocía, se acercó y me dijo: “su poesía me recuerda a Pavese, él siempre habla de los cuñados y los tíos y en sus poemas hay personajes que conversan...”

Visita

“Hoy vino mi madre a visitarme/ y caminamos las dos por estas calles./ Hablamos de mi hermano,/ de los hijos, de las chicas del Sur,/ de mi cuñado. Otra vez yo critiqué
al gobierno y ella dijo otra vez/“¡Es un país tan grande!”. No quiere/ que me queje: “¡Este país generoso/ recibió a tu padre!” y rodamos las dos / hacia una zona de tristeza, en silencio, hasta que se detiene y dice: “Ayer/ hice dulce de duraznos” y yo digo/ que hablaron de mi libro en el diario".

Hasta entonces yo había creído que Kodak era un libro marcado por la lectura de poetas norteamericanos, pero la frase del ocasional oyente de mis poemas no resulta tan extraña si pensamos que Pavese se liberó de los excesos del lirismo italiano finisecular con la lectura sostenida y la depurada traducción de literatura norteamericana. Pavese es un italiano que leyó como pocos la literatura norteamericana, lo que también es decir un escritor impregnado de todo aquello que influyó con fuerza en la escritura de los latinoamericanos, quizás por eso – porque es tan profundamente regional como universal- su influencia fue tan grande aquí en la generación de los escritores argentinos de provincias que en los años sesenta le dieron una vuelta definitiva a la “literatura regional”. Así es como hemos llegado hasta acá.
Hace poco más de un año estuve otra vez en el Piamonte e hice con unos primos un moroso paseo desde Canelli hasta Magliano Alpi, atravesando los viñedos de uva moscato y los campitos de avellanos, deteniéndonos en cada pequeño pueblo de las langas, Monticello, Alba, Caravanzana, Barbaresco, Gaminella, Camo, más aún en Santo Stefano y por supuesto en el Centro Pavese... esperaba ese viajecito delicioso, lo esperaba con ansia. Sin embargo, lo que Pavese dice y algo que va más allá de lo que dicen sus libros, puedo encontrarlo también aquí, en mi pueblo y en el pueblo de mi madre, porque se trata de una verdad que está en el lenguaje, una coloratura del habla regional capaz de dar cuenta de una nostalgia heredada, una melancolía que anida en algún cromosoma: nostalgia del que quiere volver pero no vuelve, del que no quiere volver sino en el mito...nostalgia de trazos de vida en la memoria heredada de otros, porque lo que se añora es un lugar emocional que ya no existe, un lugar donde la guerra y la muerte y el dolor y la pérdida no estaban, porque no se trata sólo de un lugar sino también de un tiempo y entonces el regreso sólo es posible a través de las palabras.
No sé si es justo decir que encontrar a Pavese fue encontrar una influencia de escritura en mí. Creo que es más que eso, creo que sería más justo decir que encontrarme con sus libros me permitió comprender que la lengua que yo hablaba en casa, el castellano de mi casa y de mi gente, con sus coloraturas regionales, está atravesado, casi tanto como el italiano de Pavese, de una presencia piamontesa libre de ostentaciones y pintoresquismos. Que en su lengua impregnada de hondura, late gris, austera, la tremenda cosmovisión piamontesa del mundo que subyace en mis ancestros y que sostenida por el sustrato regional en que los suyos y los míos habitaron, nos alimenta y nos hermana.


María Teresa Andruetto


Notas:

* Ricordare una cosa significa vederla – ora soltanto- per la prima volta.
28 gennaio l942. Il mestiere di vivere


Le cose le ho viste per la prima volta un tempo - un tempo che é irrevocabilmente passato. Se il vederle per la prima volta bastava a contentare ( stupore, estasi fantastica), ora richiedono un altro significato.
Quale?
22 agosto l942. Ibid.


Libros propios citados:

Pavese y otros poemas. Ediciones Argos, Córdoba, 1997.
Kodak. Poemas. Ediciones Argos, Córdoba, 2001.
Stefano. Novela. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1997.

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