lunes, 24 de septiembre de 2007

MARCAS DE UNA POÉTICA



Pavese en mi escritura

Tenía diecisiete años en 1971 cuando, recién llegada a Córdoba desde mi pueblo en la llanura, cursé Literatura Italiana y me encontré con Pavese, por eso esta invitación tiene para mí algo de aquel mito circular que Pavese amaba, un retorno al inicio, porque fue en las clases de Trinidad Blanco, quien ahora me convoca a estas reflexiones, que me encontré con él y con su escritura. La luna y las fogatas fue lo primero que leí, aunque enseguida nomás fui detrás de sus demás libros todo lo que pude. “Descubrí a un escritor piamontés que parece que hablara de nosotros”, le dije a mi padre un par de semanas después cuando regresé al pueblo, aunque yo no supiera aún en qué consistía ese “nosotros”.
Mi padre había nacido en Airasca, al borde de las langas, en 1921, apenas trece años después de Pavese, fue llamado al ejército fascista, un año más tarde desertó y se unió al movimiento partisano hasta el final de la guerra y emigró a Argentina en diciembre de 1948. “¿Pavese?”, preguntó, “yo lo conocí, me lo presentó Lucia Neiroti, una prima mía pariente del beato Neiroti, ése al que le nació un lirio en el pecho, y medio pariente de los Pavese. Fue en Torino, cuando terminó la guerra, lo vimos venir con dos perros dálmatas, a la altura de la caserma...” ¿Lo había leído mi padre? No, no lo había leído. Era buen lector de literatura italiana, pero de autores de la generación de Leopardi o la de Pascoli, a Pavese no lo había leído. ¿Sabía entonces que se trataba de un escritor? ¿que era ya reconocido? ¿que tenía una obra hecha? Sí, lo sabía, y el aspecto de aquel hombre, sin duda diferente del común de los hombres con quienes trataba, lo había impresionado.
Mi padre murió en 1990. Unos años después, contando esto mismo -el pequeño, modesto, mito familiar entre mi padre y el escritor piamontés- a una amiga, apareció la idea y el deseo de escribir las dos versiones del poema que titulé Pavese y da nombre al libro Pavese y otros poemas

"Entre mujeres solas hemos hablado de él/ uno de estos días de marzo,/ y de la tarde en que mi padre lo vio/ pasando la caserma. Dos perros/lo arrastraban y esa tristeza que no ha vencido nadie. Il diavolo/ sulle coline acecha. Es el 45 y la guerra/ cansa . Están en Piazza Cavour/ o en Superga. En Torino, no en Le Langhe./ Mi padre muerto parece que me dice/ al oído “he pasado Stupinigi/ hacia mi pueblo”. El otro se llama Cesare/ y escribe en plenitud acerca de esas cosas/ pequeñas que nos suceden a todos/ y de volver y no encontrar ya nada./ Mi padre es partisano, un partisano/ de Ghio, y ha cumplido veintitrés. Antes/ que cante el gallo me dará esas voces/ que se oyen desde lejos, el eco/ en la colina. Están cerca las tierras/ fértiles, el cuerno de oro devastado, y la ciudad que es gris, no tiene/ cielo. Alguna vez dirá no escribo más,/ el lápiz cruzado sobre el diario,/ y acabará el oficio de vivir. No habrá/ qué hacer en la ciudad vacía sino esperar/ y esperarás que llegue. Por esta calle/ hasta el hotel mañana, vendrá la muerte y tendrá tus ojos".

Libro atravesado por la pérdida de mi padre y la de mi hermana, atravesado por la nostalgia del pueblo que se ha dejado y al que se retorna para no encontrar ya nada sino esa pérdida, atravesado por la lectura incesante de El oficio de vivir, atravesado por la figura de Pavese y por las marcas de la guerra en el escritor y en mi padre. Atravesada también yo por la certeza de haber cumplido cuarenta años y por el recuerdo de un reciente viaje al Piamonte en el que por fin había conocido a mis primos y a una tía que aún estaba viva, familiares todos con los que habíamos mantenido siempre correspondencia asidua, intercambiando miles de detalles familiares y fotografías, porque aunque mi padre nunca quiso regresar a Italia y se opuso a que habláramos italiano ni piamontés en casa, era tan fuerte el deseo de mantener de un modo idealizado todo aquello que nosotros, yo misma, somos una muestra del fracaso de su propósito.

"Recién terminada la guerra, un hombre al que arrastran dos perros dálmatas, camina por una ciudad devastada. Atravesar una calle para escapar de su casa lo hace sólo un muchacho, pero este hombre que recorre las calles todo el día, no es más un muchacho y no escapa de casa. Es Torino la ciudad devastada y el hombre al que arrastran los perros, se llama Cesare.
Quien recuerda es mi padre, todo esto me ha dicho y no habla italiano, usa, pausado, el dialecto que, lo mismo que las piedras de estas colinas, es tan escabroso que veinte años de idiomas y océanos diversos no le han hecho un rasguño, se recuerda un muchacho, partisano de Ghío, escapando, y recuerda también a su padre que buscaba las trufas, y al amigo perdido, porque el hombre sólo escucha la voz antigua que sus padres, en el tiempo, han oído, clara.
Cada vez que leo a Pavese vuelven los perros, la ciudad devastada, los partisanos de Ghío, la guerra, mi padre que recuerda, la voz que un día detuvo el padre de mi padre y cada uno de los muertos de la sangre. Porque decir Pavese es también nombrar la muerte, los muertos que heredamos, la propia muerte, su presencia constante en la memoria.
Finalmente, decir Pavese es también hablar de aquel poema-relato del que él hablaba, el poema que viene a contar las historias que no pudimos narrar, aquellas que escuchamos de niños, para que después, cuando se vuelve, como yo, a los cuarenta años, se encuentre todo nuevo, todo de nuevo, en la memoria".

Dice –con palabras mías y de Pavese- la introducción a aquel libro publicado en 1997. Es que también soy yo aquella que escucha el eco de voces, la que habita cerca de las tierras fértiles, la que se agota y decepciona en la ciudad vacía. La que quisiera escribir, la que dice no escribo más, la que teme decir no escribiré ya, porque piensa que escribir es constitutivo de su vivir. En algun momento, en alguno de mis frecuentes regresos a mi pueblo en aquellos años, después de la muerte de mi padre, le leí esos poemas a mi madre. “No es así, me dijo, no fue en Torino, fue en Roma” y trae el album de fotos y me muestra una fotografía en blanco y negro donde se ve a mi padre joven y a su prima vestida de oscuro, con el fondo de la plaza San Pedro. “Fue esta tarde”, dice señalando la foto. “¿Cómo sabés que fue esa tarde?”, pregunto. “Porque ese día que le contaste que habías descubierto a Pavese, cuando te volviste a Córdoba buscó la foto y me dijo todo”.

Mi madre nació en Argentina, también en un pueblo de la llanura cordobesa, y nunca ha ido a Italia, pero puede recorrer en la memoria cada cosa de la vida de mi padre, cada pueblo de la geografía piamontesa por donde mi padre estuvo, cada primo lejano con su historia. Algo de eso he querido poner en un poema que le está dedicado y que también pertenece al libro Pavese y otros poemas.

Del latin recordis

“El nos leía a Pascoli en la luz/de la mañana y hablaba de las tardes/ aquellas del otoño, los perros oliendo/”entre las setas, cuando iba con su padre/a buscar trufas. Ella sabía de memoria / la vida de él. El nombraba la guerra, / los años escapando, el abrazo/ de Paolo y Etiopía. Ella escondía / bajo el plato las cartas que llegaban, / y les sabía los nombres a los primos / lejanos. A veces en las tardes / recientes del otoño, ella recuerda / a Pascoli y a un pueblo que no ha visto: / hay un niño con su padre y unos perros, / y hay un hombre que se larga por los techos, / y un amigo, y es otoño, / y es la guerra”.
Mi madre se siente profundamente argentina, pese a que su primera lengua fue el piamontés, pese a que aprendió el castellano cuando fue a la escuela porque sus padres, hermanos, abuela y vecinos hablaban aquella lengua en la casa y en el pueblo, y pese a ser hija de un hombre de Magliano Alpi y una mujer de Michelino. Quise dar cuenta de eso en un poema que titulé

Las amigas de mi abuela

“Íbamos a verlas/ los días de los muertos,/ cuando la muerte no dolía./ Mi madre (que era hermosa y usaba/ tacos altos) nos llevaba de la mano, / se pintaba la boca. Hablaban piamontés,/ la palabra cerrada en la garganta a gritos. / Nos ponían vestiditos blancos de piqué/
y volvíamos con olor a gladiolos,/ a margaritas. Tenían una casa oscura / las amigas de mi abuela, y el tamaño / de un hombre. Ellos en cambio / eran flacos, frágiles como niñas:/
se llamaban Geppo,Vigü,/ Gennio, Chiquinot”.


En aquel tiempo, paralelo a la escritura de los poemas de Pavese y otros poemas, sucedió la de Stefano, una breve novela de iniciación en la que un muchachito sale de su pueblo en Piamonte, viene a Argentina y después de algunos avatares recala en Rosario como quien busca un lugar en el mundo. Se trata del viaje que un hombre hace para ser hombre, un viaje que va desde la madre hasta la mujer. Stefano fue escrita bajo un imperativo de la memoria, aquella idea pavesiana que suscribo: “recordar una cosa significa verla por primera vez/ cuando recordamos, los hechos reclaman otro significado” *, porque es el personaje que le da nombre al libro quien recordando ve por primera vez y soy también yo que al recordar descubro en lo vivido nuevos significados.
Después de terminados esos dos libros creí que había salido de la influencia de Pavese. Sin embargo, recuerdo claramente una lectura de poemas pertenecientes a Kodak, un pequeño libro que publiqué en el 2001, cuando alguien que no me conocía, alguien a quien no conocía, se acercó y me dijo: “su poesía me recuerda a Pavese, él siempre habla de los cuñados y los tíos y en sus poemas hay personajes que conversan...”

Visita

“Hoy vino mi madre a visitarme/ y caminamos las dos por estas calles./ Hablamos de mi hermano,/ de los hijos, de las chicas del Sur,/ de mi cuñado. Otra vez yo critiqué
al gobierno y ella dijo otra vez/“¡Es un país tan grande!”. No quiere/ que me queje: “¡Este país generoso/ recibió a tu padre!” y rodamos las dos / hacia una zona de tristeza, en silencio, hasta que se detiene y dice: “Ayer/ hice dulce de duraznos” y yo digo/ que hablaron de mi libro en el diario".

Hasta entonces yo había creído que Kodak era un libro marcado por la lectura de poetas norteamericanos, pero la frase del ocasional oyente de mis poemas no resulta tan extraña si pensamos que Pavese se liberó de los excesos del lirismo italiano finisecular con la lectura sostenida y la depurada traducción de literatura norteamericana. Pavese es un italiano que leyó como pocos la literatura norteamericana, lo que también es decir un escritor impregnado de todo aquello que influyó con fuerza en la escritura de los latinoamericanos, quizás por eso – porque es tan profundamente regional como universal- su influencia fue tan grande aquí en la generación de los escritores argentinos de provincias que en los años sesenta le dieron una vuelta definitiva a la “literatura regional”. Así es como hemos llegado hasta acá.
Hace poco más de un año estuve otra vez en el Piamonte e hice con unos primos un moroso paseo desde Canelli hasta Magliano Alpi, atravesando los viñedos de uva moscato y los campitos de avellanos, deteniéndonos en cada pequeño pueblo de las langas, Monticello, Alba, Caravanzana, Barbaresco, Gaminella, Camo, más aún en Santo Stefano y por supuesto en el Centro Pavese... esperaba ese viajecito delicioso, lo esperaba con ansia. Sin embargo, lo que Pavese dice y algo que va más allá de lo que dicen sus libros, puedo encontrarlo también aquí, en mi pueblo y en el pueblo de mi madre, porque se trata de una verdad que está en el lenguaje, una coloratura del habla regional capaz de dar cuenta de una nostalgia heredada, una melancolía que anida en algún cromosoma: nostalgia del que quiere volver pero no vuelve, del que no quiere volver sino en el mito...nostalgia de trazos de vida en la memoria heredada de otros, porque lo que se añora es un lugar emocional que ya no existe, un lugar donde la guerra y la muerte y el dolor y la pérdida no estaban, porque no se trata sólo de un lugar sino también de un tiempo y entonces el regreso sólo es posible a través de las palabras.
No sé si es justo decir que encontrar a Pavese fue encontrar una influencia de escritura en mí. Creo que es más que eso, creo que sería más justo decir que encontrarme con sus libros me permitió comprender que la lengua que yo hablaba en casa, el castellano de mi casa y de mi gente, con sus coloraturas regionales, está atravesado, casi tanto como el italiano de Pavese, de una presencia piamontesa libre de ostentaciones y pintoresquismos. Que en su lengua impregnada de hondura, late gris, austera, la tremenda cosmovisión piamontesa del mundo que subyace en mis ancestros y que sostenida por el sustrato regional en que los suyos y los míos habitaron, nos alimenta y nos hermana.


María Teresa Andruetto


Notas:

* Ricordare una cosa significa vederla – ora soltanto- per la prima volta.
28 gennaio l942. Il mestiere di vivere


Le cose le ho viste per la prima volta un tempo - un tempo che é irrevocabilmente passato. Se il vederle per la prima volta bastava a contentare ( stupore, estasi fantastica), ora richiedono un altro significato.
Quale?
22 agosto l942. Ibid.


Libros propios citados:

Pavese y otros poemas. Ediciones Argos, Córdoba, 1997.
Kodak. Poemas. Ediciones Argos, Córdoba, 2001.
Stefano. Novela. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 1997.

viernes, 21 de septiembre de 2007

SANTIAGO ESPEL: VULGATA



Discurso ansiosamente esperado, vulgata editio: edición para el pueblo.


Alrededor del fuego se renueva el soplo vital del lenguaje. Equilibrio de purificación y comprensión, así se inicia la aventura de este texto inspirado en la espera ansiosa de un discurso, arenga de un presidente en días de crisis. Dinamismo de palabras inflamadas:
“El fuego industrial y redondo/ florece, se abre;/ corona circular,/ para el hambre, la luz, el frío/ o sólo para la compañía.”
La corona azul crece con la expectativa, como una mata de musgo lo hace hacia arriba, desafiando la ley de gravedad.
Lumbre circular que hace ver otras cosas, días de opresión y salarios exiguos que no obstante permiten, sólo para algunos, pagar a fin de mes, la cuenta de esa llama.
Una vez más las imágenes de lo redondo nos sumergen en un espacio íntimo, una vez más nos recluyen en un aislamiento para recuperar fuerzas.
De modo que saber que la llama también vive de un salario, es conocer otras realidades, es pensar: “…en la perdida armonía de las cosas/ en sus lentos violines llorones, las cosas, varadas como la olla de acero,,/ las cosas , la gente, la laboriosa que crece,/ el fuego azul y el mensaje del presidente,/ mañana, a las once de la mañana”.
Pero el silencio de la noche exalta el ruido humillante de sirenas interrumpiendo el sueño de la gente y de los gatos que no saben hacia dónde saltar para resguardarse y enseguida, cualquier expresión que se agregue pierde su contorno, porque como siempre ningún lenguaje alcanza.
Y a pesar de eso Espel puede representar sin artilugios, el espasmo que produjo ese discurso aun a costa de dejar que el agua hirviera: “ Yo fui a la cocina/ apagué la hornalla, y me quedé pensando en lo que había/ dicho el presidente/ en su corto/ espasmódico mensaje de las once”.
Y como en un garabato del absurdo la imagen televisiva se desdibuja para desconcierto de muchos y del mismo poeta que vuelve a la cocina para encender nuevamente el fuego reparador de la hornalla, trayecto que fue como ir “de Verne al paleolítico” dice. Y mientras sopla una nube de yerba que se hace polvo, junta tiempo con furia y escucha cómo afuera se agranda el cotorreo de la gente y el miedo, una baba paralizante, una violencia fuera de control y la bronca, que sube al nido de su cabeza para instalarse en una cruel incertidumbre.
Y mientras el agua asciende por la bombilla, el poeta se encierra, baja las persianas, no quiere escuchar y permanece a solas junto al fuego y piensa en su color, en la materia de su color como si la llama fuera a purificar para él, aquello que afuera está contaminado y así lo expresa en un verso:
“¿ Tiene sustancia el color?”
Y en la geometría del “adentro y del “afuera” se instala la dialéctica del vaivén, porque afuera se emplaza el rumor que afecta, el rumor de lo que “se dice” y que siempre es incierto, mientras que adentro ese rumor se convierte en pesadilla del ser y se funde con la inseguridad.
Pero el exceso de rumor nos puede asfixiar tanto como su defecto, porque queremos saber, porque no nos podemos aislar.
Y por eso algo siempre cruje en las casas para despertarnos, para volver a una realidad que nos espera como un escalofrío que nos remonta con su gesto empecinado.
“¿Pero de qué estaba hecha la materia del discurso?”
“Qué sustancia tenía la ilusión de la gente?
Entonces el poeta vuelve al fuego, se consustancia con el agua, con la yerba, con el chisporroteo luminoso y se pregunta adónde ir con la luna redonda que pesa en su espalda como una mochila de la crisis, del salario insuficiente, del fastidio, pero sobre todo de la perplejidad.
Y sin embargo la noche entra por la ventana se sienta en su cocina, se instala como una fiel compañera, y junto a la llama azul, completa el círculo del texto. De manera que la noche de Espel es una redondez conquistada sobre los acontecimientos caprichosos de una ciudad blandida.
VULGATA, libro dividido en cinco capítulos que comienza con “la hornalla” para terminar con la hornalla” confirma no sólo una poética de lo redondo sino la esperanza que implica un nuevo punto de partida. Un libro como un único poema que crece verso a verso como la llama azul del fuego.


RITA KRATSMAN

VULGATA

Santiago Espel


ni yerba de ayer

secándose al sol;

Enrique Santos Discépolo


I La hornalla.


La corona azul de la hornalla.

Prueba de que alguien

anda por la casa,

con sus actividades mínimas,

imprescindibles.

Algo, alguien,

se mete sin brusquedad

en la penumbra.

El fuego industrial y redondo

florece, se abre;

corona circular,

para el hambre, la luz, el frío,

o sólo para la compañía.

La corona azul de la hornalla

crece en el silencio,

como una ansiedad

como una mata

un musgo

una humedad informe,

crece tenue al amarillo.

Ahora se ven los azulejos blancos,

cuadrados, como en un hospital.

La hornalla tiene una melena de fuego

que desafía las leyes de gravedad.

Crece como una enfermedad laboriosa

en un cuerpo que no sabe y hace lo suyo.

Como un milagro crece

o una herida;

abre un tajo bravo en la noche en silencio.

La corona azul de la hornalla

es el centro industrial del mundo

en esta cocina en penumbras

en la que yo entro y pienso,

ésto o aquéllo,

encandilado, fascinado por el fuego.

Además de color

el fuego de la hornalla,

el fuego industrial,

tiene, descubro, sonido,

una boca que sopla,

un número de circo

en la boca india de un indio

que sopla y gana su salario,

su jabón para erradicar el kerosene.

Yo pienso en mi salario

y en mi jabón para erradicar el kerosene

frente al magnetismo hipnótico

de la hornalla industrial.

Y me doy cuenta de que el indio

podrá quemarse la boca,

pero no otra cosa.

Pago con mi salario

para poder pensar frente

a la hornalla azul que crece

como una corona

y que vive de mi salario.

Mi salario sirve para entrar

a esta cocina y encender

la corona industrial

que me permite pensar

ésto o aquéllo.

Pensar, por ejemplo,

en el indio que podrá quemarse

la boca pero no otra cosa.

¿Sabrá el gobierno lo que me saca

si me deja sin la corona azul?

Me saca no el abrigo, no la luz,

me saca la posibilidad de ver,

de pensar adentro del fuego

en mis cosas, en mi salario,

en mi vida dependiente del salario.

¿Sabrá que me saca la fuga,

acá, en esta cocina de noche,

una sutura blanda en la piel,

que me saca la chispa

el chisporroteo irregular del fuego,

alimentando mi blanda conciencia;

sabrá ésto o aquéllo, el gobierno?

Bajo el fuego al mínimo;

saco la pava, cebo un mate.

La espuma amarga y verde

rodea la bombilla en su base;

crece y se hace cordón, cerco,

como una enfermedad laboriosa.

Chupo la metafísica del mate

en silencio, mirando fijo

la hornalla;

y pienso en ésto o aquéllo,

y también, pienso, en nada.

Subo el fuego y renuevo

la yerba, las ideas;

la hornalla es el único

signo vivo de la casa.

Una cacerola encallada en la pileta,

ladeada, como un barco hundido,

muestra sus agarraderas doradas

y antiguas; un acorazado apenas visible,

entre otros objetos sin contorno.

Yo pienso los objetos y el fuego,

mientras sube sin orden la bronca,

a su nido en mi cabeza.

Mañana el presidente hará el gran anuncio

a las once, y entonces, aseguran, todo cambiará.

¿Qué dirá el presidente, mañana a las once,

qué dirá para que todo, desde mañana, cambie?

¿Sabrá ese pez que salta, en el km 120,

que vive en el río Samborombón?

¿Sabrá el gobierno, lo que es la ilusión?

Aparto del hervor la pava, con desidia,

y bajo la corona a su mínima expresión;

todo parece tan fácil, tan al alcance de la mano,

si pienso en otros hombres

golpeando piedras y soplando

para lograr la chispa,

hombres sin salario ni cocinas adonde

sentarse a pensar en éstas o aquéllas, cosas.

La sombra de la pava sobre los azulejos

parece un bisonte corriendo por la llanura.

Y pienso ahora en la perdida

armonía de las cosas,

en sus lentos violines llorones,

las cosas, varadas como la olla de acero,

las cosas, la gente, la laboriosa que crece,

el fuego azul y el mensaje del presidente,

mañana, a las once de la mañana.

¿Qué dirá el presidente que aún no dijo?

¿Qué dirán esas sirenas en medio de la noche,

a quién buscan para levantar del sueño

para golpear desprevenidamente donde más duele,

qué quieren esas sirenas afuera, en la noche,

filosas, lesivas, vertebradas en el presagio?

Nos buscan, nos siguen, sirenas,

hasta debajo de la cama,

cuando más atareados estamos en el sueño,

blandos e inocentes, a tientas, esas sirenas,

nos buscan, nos siguen, de cerca, sirenas,

y nosotros, sonámbulos,

idiotas, felices, consagrados de gloria/

Los vecinos, algunos, se levantan con las sirenas,

y se gritan, ésto o aquéllo, o nada,

pero se gritan muy fuerte, se gritan cosas

que querían gritarse hace mucho,

y aprovechan las sirenas para gritar,

hasta que un gato sale disparado en la noche,

como un rayo, con un mensaje en el cascabel,

con una o más maldiciones, lejos, estrábico de miedo.

¿Y si se cruza el gato y el presidente suspende el mensaje?

Porque el mensaje, el de mañana a las once,

ya se postergó dos veces, por ésto o aquéllo,

¿y si mañana, otra vez, con la expectativa que hay,

el presidente, o un vocero, sale y dice, seca,

escuetamente, que el mensaje se posterga para pasado,

o para algún día próximo, propicio, a confirmar?

Porque además del momento más oportuno

para el anuncio, está el tema de la salud del presidente,

que no es un detalle menor, ni mucho menos, dicen.

Y si encima, podrán argumentar, se cruzó un gato,

cuando nadie lo tenía previsto, qué podrá pasar, no sé.

El mate, lavado, frío, entibia mi mano.

Miro el fuego y escucho su bramido sostenido;

aún sin viento, se agita, genuino, primitivo.

Y pensar que lo mantengo con mi salario,

insano y bello, durante la noche,

como un bruto, sostengo, prolongo la historia,

para que el presidente, quizás, mañana a las once,

cambie definitivamente, dicen, el rumbo de las cosas.

¿Sabrá el gobierno

que ese pez que salta

en el km 120

quiere seguir viviendo

en el río Samborombón?

Sube el agua verde por la bombilla

y baja luego a mis tripas,

sube y baja el ruido acanalado

mientras pienso en dónde voy a estar

mañana a las once, cuando el presidente/

Busco la olla en la pileta.

¿Carecen de contorno

los objetos de la realidad?

¿Tiene contornos la realidad?

¿Tiene sujetos?

¿Tiene un sudario, la realidad?

¿Quema este fuego, si toco?

¿Tiene contornos la palabra?

¿Tiene forma el discurso, si muerdo?

¿De qué estará hecho el anuncio de mañana?

¿Se puede cortar como un pan, el discurso?

¿Se puede oler, probar como un pan?

El rumor extendido habla del malhumor

en el entorno presidencial, de la salud,

del malestar contenido de un sector

más que estrecho a las áreas de decisión.

Por eso el anuncio es una bisagra,

"una estrategia mancomunada",

algo que la gente merecía

un agua bendita o una sopa,

una escama de plata, como el pez

que salta libre de impuestos aún

en el río Samborombón, km 120.


II El espasmo.


El espasmo duró apenas tres minutos,

porque más que un mensaje fue un espasmo

un gesto espasmódico en sí mismo.

Hasta las 11.03, duró el presidente.

Y en esos tres minutos pasaron muchas cosas.

Durante esos tres minutos, por ejemplo,

sentado frente al televisor, yo dejé hervir,

como un soberano idiota, el agua del mate.

Cuando me había prometido no ver,

ni escuchar nada, la pava silbó desde

la cocina como una burla descarnada.

Y al tercer minuto pasó lo que nadie

esperaba: el audio se silenció, el presidente

miró primero a un costado, luego al otro,

alguien, parece, le hacía señas, miró

a la cámara, levantó apenas los hombros,

sonrió ceremoniosamente y volvió a mirar

a izquierda y a derecha hasta que brusca,

la transmisión, a las 11.03, se cortó.

Yo fuí a la cocina, apagué la hornalla,

y me quedé pensando en lo que había

dicho el presidente en su corto,

espasmódico mensaje de las once.

¿Sabrá el pez del río Samborombón,

km.120, que entre otras cosas de importancia,

el presidente habló, también, sin rodeos, de él?

Reconstruir los dichos del presidente,

los hipos presidenciales, los eructos oficiales,

resulta tan difícil como tratar de explicarse

qué fue lo que pasó con el mensaje,

si sabotaje, escarnio, estética gubernamental,

-el agua bendita o la sopa para la gente-

qué fue la pantomima

si no un ensayo

réprobo, un espasmo violento para digestiones

cándidas, pobres diablos que dejan hervir

el agua en la hornalla, quemar las tostadas.

Tenía la bandera de fondo el presidente,

como un bisonte que pasa y deja su sombra.

La imagen volvió a las 11.04, sin sonido,

sólo el presidente agitando su mano derecha

hacia un costado, en ese gesto que junta los dedos

para preguntar ¿pero qué pasa, qué carajo pasa acá?

Y una señal, seguro, del otro lado,

dándole venia, dándole okey para que siguiera,

"que siga, que hable y diga la sopa o el agua bendita",

y el presidente habló un minuto más,

hasta las 11.05, y en un momento agitó

su mano izquierda y sonrió,

una sonrisa amplia y de reyes benefactores,

con lo cual supusimos muchos, creo,

al menos yo, que por fin se había dicho

lo que el presidente tenía pensado o no decir

en su mensaje de las once, al pueblo todo.

Y ahí sí la imagen, a las 11.06, brusca,

-perfecto garabato del espasmo-

apedreada por el absurdo,

con el presidente y el bisonte de sombra atrás,

para desconcierto del pueblo todo, se cortó.

¿Qué habrá dicho el presidente

entre las 11.05 y las 11.06?

A las 11.07, lejos, km. 120, inadvertidamente,

el pez que vive en el río Samborombón, saltó.

En el mismo segundo, detrás de unos sauces,

mismo kilometraje,

el más chico de los Rosales, el flaco,

desvirgó a su vecina,

la más chica, la de trenzas y vincha

celeste.

Otro, piso 20, lejos, en el mismo minuto,

el 11.07, golpeó el televisor

y dijo "¿pero qué mierda pasa acá,

será posible que no puedan hacer nada bien?"

Y entonces, como la imagen no volvió,

entre los más y los menos pacientes,

entre los más y los menos indignados,

entre las 11.09 y las 11.53, casi todos

los televisores, casi todos, se apagaron.

A las 11.23, el más chico de los Rosales,

el flaco, recompuso la vincha celeste

y acarició el pelo de su vecinita,

suave, detrás de los sauces.

Durante la tarde y la noche, y al capricho,

el flash informativo irrumpió en la programación:

distintos operadores y opinadores

interpretaron el exabrupto técnico

aventuraron el costo de la bufonada

fueron Judas y Pilatos

hicieron del alarde vocación.

Uno, paladín de la primicia, llegó a decir, a insinuar,

que a las 22.45 el presidente hablaría en cadena nacional.

Sin embargo el presidente mantuvo férreo silencio,

indiferencia, indisposición, huérfano, quizás, de estrategia.

Los que esperaban la sopa o el agua bendita

se tragaron una vez más el sapo,

el sarro, la piedra en la vesícula

"complotados en el inalienable

principio de la intransigencia,

que de tan intenso no sobrevive

a la fugacidad del cachetazo recibido".

Yo apagué el televisor y prendí el fuego,

que fue como ir de Verne al paleolítico.

A las 22.45, como buen soberano

que se promete ni ver ni oír,

apagué el fuego

y prendí el televisor.

El uno, el que había dicho que a esa hora,

levantó su "edición especial" sin pretexto.

A las 22.50, para alegría de muchos

después de un día entreverado

pasaron la final del último campeonato

obtenido por la selección nacional.

A las 07.10

del día siguiente,

mientras el flaco de los Rosales amanecía

medianera de por medio pensando

en su vecinita de vincha celeste,

cerca, detrás de los sauces lacios,

el pez del río Samborombón, km 120,

nadando contracorriente, recibía su primer impuesto.


III El caos


Temprano, después del impuesto en el km.120,

se desató el caos; primero un estruendo,

después sirenas, bocinas, y mucho, mucho ruido.

Yo prendo el fuego de la hornalla y la televisión

al mismo tiempo, juntando el tiempo en el tiempo,

pasmado como un idiota frente a la pantalla,

soplando una nube de yerba que se hace polvo y rabia

mientras crece el estridente cotorreo del vecindario.

Esto ya lo ví, pienso, y hago del mate un mortero,

y sube al nido de mi cabeza la bronca y el miedo,

una espuma paralizante como la laboriosa creciendo

como la barrosa de ése que apura el fernet

y mira el ángulo arriba en la esquina donde la tele/

Dicen que no hay que salir, lo dicen todos,

por nada del mundo, que la violencia es incontrolable,

que las hordas marchan hacia el centro de la ciudad,

y que la prudencia y la responsabilidad "son salud".

Dicen que el presidente estaría por renunciar

o por hablar en cadena nacional;

"dependerá de los astros"', dijo una.

Dicen y se ve que hay una represión brutal,

que la situación se desbordó,

que la intolerancia del pueblo una vez más/

y sube la bronca al nido de mi cabeza/

¿Qué dijo o qué no dijo el presidente entre las 11.05 y las 11.06

que no hubiera dicho ya para desencadenar esta violencia?

¿Y vos pez, boqueando ahora en la orilla del km.120,

no te habían advertido, no sabías que meabas afuera del tarro

y que por tu culpa los saqueos, el agua que hierve, la vincha celeste?

¿Hasta cuándo pez,

ibas a saltar tan gratis y dar la plata

de tu lomo en el reflejo del sol así,

tan sin esfuerzo

y lleno de inocencia, eh?

¿O no sabías que el presidente había hablado,

entre otras cosas, de tu salto ornamental y gratuito?

Vamos, pez...cándido/

La violencia mete miedo desde la pantalla.

Prohíben salir, asomarse.

Y a mí me queda poca yerba

y me sobra rabia, bilis, para salir a rifar.

Apago el televisor y prendo el fuego.

Pienso en el indio que podrá quemarse

una cosa pero no otra, y pienso en mi salario,

mientras sube al nido de mi cabeza la bronca

y las sirenas, el gato que cruzará o no, la laboriosa/

Sube el agua por la bombilla.

Ebulle y repite su gárgara ácida.

Regurgito el km.120.

Apago la luz de la cocina;

cierro la persiana y me quedo

a solas con el día tapado,

con la corona azul de la hornalla:

una bagatela al borde de su estirpe.

¿Cuántos colores tiene el fuego?

¿De qué color es su color?

¿Tiene sustancia, es materia, el color?

¿Quema este fuego, si toco, si pruebo?/

Algo siempre cruje, respira en las casas;

la madera, el vacío, la costumbre,

algo va y viene en patines de ansiedad,

trajina sus quehaceres domésticos

en los vapores anhelados de la cocina,

en las agarraderas aristocráticas de las ollas,

a la hora en que se mueren los bichos, hartos

del verano, susceptibles al nuevo insecticida/

Algo exuda en los patios y extraña su mano de riego.

El brote nuevo escribe su filigrana en la noche.

Ese pequeño temblor remonta su gesto empecinado,

su presencia, más allá de toda lógica y de todo azar.

Cerrar o abrir la ventana para tapar el día

es como prender o apagar el televisor:

"la ilusión es un látigo que se tiene a mano",

pienso, mientras sube la bilis, y el caballo escupe.

Y a pesar de las recomendaciones de no salir,

abro y salgo a comprar un paquete de yerba/

Nada, no hay nada, ni nadie.

La calle vacía. Nada ni nadie.

Nada de lo que había en la tele.

Ni tantos muertos ni tantos heridos.

Nada de nada en las calles vacías.

Yo solo yendo a comprar yerba.

Ni saqueos ni hordas ni policías.

Ni un alma ni un perro.

Todo cerrado. Y yo sin yerba.

Sube la bilis, crece la laboriosa, adentro.

¿Cerraremos o abriremos las persianas?

¿Prenderemos o apagaremos la tele?

¿Qué dirá el presidente, ahora?

¿Dónde compraré yerba?

¿Y vos pez, dónde pagarás tu impuesto?

¿Apagué la hornalla o la dejé encendida?

Ni un alma ni un perro.

Sube la bronca al nido de mi cabeza.

Ni tantos heridos ni tantos muertos.

¿Y entonces?

¿Qué?


IV El río


Fragmentos del río en el río.

Una parrilla evanescente.

Mandíbulas triangulares, blancas,

osarios indios; plumas, brillos.

Aquí conviven la podredumbre más vasta

con la probabilidad cierta del Renacimiento.

¿Porque, qué lugar soporta semejantes extremos,

sino el anclaje de una nueva era, aún sin su verbo?

Caireles nobles y cabezas de pescado podrido.

Carteles municipales con prohibición de bañarse.

Ligeros árboles plateados atravesando el viento.

Ni un perro ni un alma. Nada ni nadie. Sólo yo/

Golpeo dos piedras negras y lisas.

Ni una chispa. Ni un ademán de fuego.

Hay una vincha celeste enganchada

en una rama.

¿La corriente o el pez del km.120?

¿Qué es la belleza, sino un souvenir de mercado?

¿Qué es mi yerba, tan necesaria, si no la tengo?

¿Qué sentido la utilería de la calabaza, de la bombilla?

¿Qué del artesano pródigo y de su engarce preciso?

¿Los símbolos de lo concreto fuera de su hule...qué son?

¿Los símbolos fuera de sus mausoleos...qué son?

¿Qué son los símbolos dentro de los símbolos?

¿Muere distinto y mejor el que muere

con bendiciones y honores?

¿Con bombos, platillos o pandereta?

¿Qué es un cairel? ¿Y un responso?

¿Qué es una cabeza muerta de pescado?

¿A qué huelen las espinas y los huesos?

¿Será esta la cabeza del pez , km.120,

luego de recibir su primer impuesto?

Y a pesar de todo nos reiteramos

-mulas al fin-

en hechos y accidentes,

-un puñado de errores necesario y conmovedor-

nos sobreponemos al amor, a su voltaje insaciable:

sobre la piedra del río hay un corazón pintado para nosotros/

Fragmentos de mosaicos y vidrios esmerilados.

Corchos, botellas de plástico, óxidos, maderas.

La diversidad de lo discontinuo, de lo deshecho.

La mano del río empuja sus juguetes a la orilla.

La mano de la ciudad los devuelve triturados.

Como pequeñas aldeas incendiadas, círculos

negros trazados por la ceremonia vudú;

los paños concretos de la noche, lo real, aquí,

el gallo partido y desplumado con las patas duras,

la corona de velas y cintas casi de ranchería.

La mano de la ciudad anduvo por acá, no hay duda:

el mensaje cifrado en el esperpento mismo

en las hogueras redondas como hornallas;

los penachos del baile y los atributos al aire.

Pasará la mano del río a enjuagar los juguetes.

Patear ese desorden

es romper un hormiguero:

Los objetos del ánimo ajeno/

Viene el río repetido en su vals a mis pies.

Arrastra poquedades y restos de esplendor

por igual, con misma entereza, júbilo y ritmo,

continuo como el fuego de la hornalla:

un movimiento votivo que repite su vals.

Paso el rasero por la pedrería grosera.

Así pasa mi pensamiento por lo que

exime y no comprende.

Así reduce las impresiones a una simple

taquicardia, a un gesto empobrecido y vano.

Andan las ratas como legión entre la mugre.

El sol rebota musicalmente en los espejitos.

Golpeo las piedras.

Nada de nada. Ni una chispa.

Ni un ademán. Ni un fuego poco.

Sube la bronca al nido de mi cabeza.

Teje la bordadora una araña lenta y oscura.

¿Será esta desolación el comienzo del Renacimiento?


V La hornalla


La noche entra por la ventana

y se sienta en mi cocina

como una vieja conocida.

Sube el aro del fuego

y transfigura las sombras

en los azulejos blancos:

el bisonte corre por la llanura.

Miro los juguetes del río

en la pileta:

la cacerola escorada

el discurso trunco

el mate lavado

la vecina de los Rosales

las plumas del gallo sangrado.

El fuego me alarga su mano

crepitante, íntima en la sombra.

Una mujer duerme

y tiene la cara

como una fruta abrillantada.

Por la claraboya entra la luna.

Los símbolos amados de lo cotidiano.

¿De qué estaba hecha la materia del discurso?

¿Qué sustancia tenía la ilusión de la gente?

Yo hago pasar a la luna a los pasillos de mi casa.

Mi casa es como un barco chirriante, sin goznes,

un arpegio de tormentas y supercherías astrales;

yo hago pasar a la luna en sus estribos de luz,

de noche, sola, arrítmica, de canto, lomo de pez,

como esa sopa o agua bendita prometida...

deberemos colgar a Noé, al viento de las once,

deberemos ser pacientes, imbéciles como becerros/

Mañana, otra vez, el presidente dará el mensaje,

a las once, aunque el pescado, se dice, siga sin vender;

mañana será el gran día; el agua, calma, la sopa, bendita/

Los vecinos andan atareados de chusmerío,

intercambian, trafican con prisa paquetes

de azúcar, fideos, conservas, velas, perecederos;

en los pasillos, asomados a las ventanas, en las mirillas,

se dan con alevosía al pronóstico, mañana sí, mañana,

repiten, ángeles tardíos, mañana, trajinan,

y cuchichean la sopa, a las once, el agua bendita.../

Mañana a las once el presidente tendrá otra oportunidad;

se lo verá con el bisonte detrás, la llanura, la bandera.

Subo el fuego de la hornalla y cuento mi salario poco;

escupo con el caballo mi kerosene, mi indio,

soy esa agua que hierve y quema mi nido adentro;

la bronca es una serpiente que trepa y se enrosca

en mi cabeza, como la laboriosa, sibilante y callada.

Dónde estaré mañana a las once cuando el presidente/

/se venderá el pescado del km.120 a las once cuando/

De a poco se va apagando el chismorreo vecino;

se cierran sin gala las persianas; andan los gatos;

sopla el viento del río y trae el óxido obsceno,

el tambor, el rojo gallo partido, el pico, la sed.

¿Dónde ir con la luna redonda que pesa en la espalda?

¿Dónde liberar los contornos presos de la penumbra?

¿Cómo reflotar las ollas encalladas en la pileta sucia?

¿Pinchan las aristas del discurso, si toco, si pruebo?

Usted lo sabía...pez...vamos.../

/¿y ahora...? no se haga...!

Cuando sean las once...?!

¿Qué hará?, dónde, conteste.../

Una mujer duerme abrillantada por la luna.

La corona de la hornalla alza la cocina.

Corre el bisonte por la llanura de su sombra.

La noche es un encaje de tramas vegetales.

Algo más que mi alma se alza frente a vos.

Sube la bronca y es un turbante en mi nido:

la araña anuda su indio malsano de ponzoñas;

teje la bordadora su baba lerda sin contorno.

¿Y si toco? ¿Y si pruebo? ¿Y si muerdo? ¿Qué?

Nada. Nada ni nadie afuera.

Ni un perro que ladre, Sancho.../

Y si mañana yo por ejemplo salgo y/

/¿qué dirá mañana que no haya dicho?

...fue lo que dijo o lo que no dijo?/

...fue cómo lo dijo o cómo no lo dijo?/

y si yo no digo pero por ejemplo salgo y

Saco el tapón de la pileta y el agua ronca

en su remolino de barbas, espumas y óxidos;

se sacude la olla sin sus aguas donde escorar

como resbala esta mugre estancada hasta su/

La noche entra por la ventana

y se sienta en mi cocina

como una vieja conocida.

Mañana/

mañana a las once

voy

a cerrar las ventanas

voy

a apagar el televisor

voy

a dejar el mate sobre la mesa

voy

a dejar la hornalla encendida

y voy

a salir/