miércoles, 22 de agosto de 2007

PRESENTACIÓN DE ROXANA PAEZ, MADRE CIRUELO



HASTA QUE EL HORIZONTE VENGA A BUSCARNOS COMO ESPIGAS ADIVINATORIAS

“Desde que llegó de París su lugar natal no le ha producido ninguna emoción, porque ahora es al fin un adulto y ser adulto significa justamente haber llegado a entender que no es en la tierra natal donde se ha nacido, sino en un lugar más grande, más neutro, ni amigo ni enemigo, desconocido, al que nadie podría llamar suyo y que no estimula el afecto sino la extrañeza”.
Saer

“Hermoso es el hombre que no acaba de nacer”
Arturo Carrera

Para comenzar con estas palabras que escribí acerca del libro de Roxana, Madre-Ciruelo, voy a leer dos poemas del libro en los cuales los personajes principales –madre e hija – duermen. Frente al dolor de la agonía o la tristeza que produce una inminente desaparición, en Madre-Ciruelo los personajes duermen, flotan o sueñan. En Madre-Ciruelo la muerte es relativa. Estar ausente no es morir y morir en todo caso es sólo una ausencia temporaria.

La carrera

Un día cualquiera supe
que lo maternal me había enseñado
que no existe diferencia entre lo interior
y lo exterior.

Al salir de un País
y de una casa
siempre había encontrado los órganos.

¿Es que nunca salí?
¿O me mantuve desde un primer momento fuera?

Ahora que podrías ser vos
la que fuera
expulsada de la casa, del barrio,
de nuestras vidas y de las vidas de los perros y de los gatos,
por la implosión que dentro tuyo sucede
silenciosa,

me he dormido un momento
de pasaje más estrecho,
en una indecisión somnolienta.


Lo seco y lo mojado

Se durmió. Sobre una roca,
con los pies cruzados al borde
del acantilado y la cabeza sobre una bolsa con manzanas.
Durmió en su cama
cuando la hija le masajeó los pies.
Durmió sobre un sillón rojo
y en una reposera.
Se durmió sobre el pasto
recorrida por las hormigas. Se hizo la dormida
dentro de un sarcófago de piedra
en el Cairo. Cuando dejaba de hablar
se dormía.
Se durmió en trenes, en aviones, en ómnibus.
Si ahora
alguien dijera que duerme bajo la sierra (o la tierra)
sería una metáfora, una mentira.

Una gota de lluvia
cae
sobre la piedra
revienta
y hace brillar su nombre
hasta secarse.

Presentar hoy este libro de Roxana tiene varios significados para mí. Conozco a Roxana desde aquél mítico taller que coordinaban Daniel Helder y Arturo Carrera. Durante varios años compartimos el descubrimiento, despliegue y crecimiento de nuestras escrituras.
Años después Roxana partió a París y desde aquél entonces nos hemos encontrado una o dos veces por año en Buenos Aires. Cada encuentro con Roxana fue un reencuentro y mientras leía Madre –Ciruelo recuperaba dos sensaciones: me parecía escuchar la voz y la risa de Roxana en aquél taller y también la del recuerdo de su voz y de sus gestos suspendidos como en un sueño y en eso me pareció entender el concepto de zoom inverso con el que este libro abre y dice: “voy a escribir, egoístamente, ante la inminencia del posible zoom inverso de la Interlocutora Principal”. O cuando, efectivamente ese zoom inverso está en funcionamiento: “Aunque nunca viniste, todo el edificio/está lleno de tu desaparición y vacío del afecto/ que se suele encontrar en lo más mínimo,/ una silla, un insecto, el ángulo del aula cuando/ el sol despuntaba en la mañana fría/ y me hacía pensar en vos// en zoom inverso”.
Cuando alguien que conocemos está lejos o ausente ¿cómo es la imagen que tenemos del otro? ¿Cómo es la voz del otro en nuestro recuerdo? ¿Somos conscientes del tono de nuestra propia voz? ¿Por qué nuestra voz es cómo es? ¿Es la mezcla de las voces de nuestros padres?
Cuando alguien está lejos o ausente, pienso que somos en el recuerdo del otro como seres más fríos y pequeños y nuestras imágenes recíprocas se encuentran en algún punto del cielo.
Madre-Ciruelo, entre otras cuestiones, parece interrogar: ¿cuándo morimos o nacemos?, ¿no estamos muriendo y naciendo todo el tiempo? , ¿quién mira a quién, el que vive o el que murió o está ausente? La hija pregunta: ¿Cuántas veces nací? Y se explica: “Fui naciendo en brevísimos saltos/en largo, de la misma manera que se aleja de su dimensión inicial un catalejo acercándose a un punto desconocido, para ver mejor”.
Este libro, en un intento de explicación del vinculo materno, sostiene dos teorías.
En primer lugar, LA TEORÍA DE LA FLOTACIÓN, que nos quiere convencer de lo siguiente:

Si lo que flota
no muere
lo que viaja
no nace

Entonces, no se nace ni se muere. Se es en forma permanente y en el aire.
Y aunque todos sepamos que una madre muere, el vinculo materno, no, y es por sobre todas las cosas sobre lo que, el libro, a través de sus personajes flotantes, nos quiere hablar. La madre pregunta: “¿Por qué te vas apenas nacida?
Madre-Ciruelo es un diario de viaje al origen. Los aviones penetran el cielo y suspenden el tiempo. Los viajes en avión mantienen la ilusión de no nacer. Los poemas se reiteran en esa ilusión, por ejemplo: “un hijo podría decir “quisiera no haber nacido./Quisiera que no te mueras”/, dibujando un círculo para evitar el desencuentro/o el exterior.// Yo te diría/ la expulsión me llevó muy lejos/ de aquí, pero no me fui porque el útero/ siguió siendo el Mundo.”
En Madre-Ciruelo todos los seres en algún momento flotan y de ese modo tienen menos chance de morir o de ausentarse. El personaje de la hija, que es la voz que relata, en el transcurso del texto viaja, vuela, flota, cae y rebota como una nena que cree que puede sorprender a los pájaros y dice: “tengo y no tengo casa./ Y ninguna nostalgia de la infancia, /que es ahora”; “me siento de nuevo unida/al suelo/por el cielo” ó: “Pierdo los detalles y floto yo también sobre el flujo/de las biografías y los meandros de unas genealogías/ y las cascadas sobre otras vidas que conozco/indirectamente”.
¿Por qué la hija flota? ¿Por qué desea flotar? ¿Desafiando la ley de gravedad persigue otra perspectiva de la madre? La hija va y viene en avión y en ese viaje constante parece decirle a la madre: “estés viva o ausente yo viajo para estar en vos”. En Madre-Ciruelo la hija parece preguntar: -mamá, si yo sólo existo en sueños y floto y todos los personajes y objetos flotan a tu alrededor ¿te vas a concentrar en mirarnos y, entonces, la muerte no va a llegar? Porque, mamá sabés la muerte es una distracción. Por favor no te distraigas. Pero el cuerpo de la madre –dice el poema- también flota “entre equilibrios contrarios”. Incluso en el libro se expresa un miedo “el miedo de perder el carácter /de personaje flotante”.
“Ayer traje una piedra roja de Vallecitos/donde desapareció subiendo,/para ponerla en el hueco de mi madre/que bajaba/”.
“Yanomami. Los objetos se abrazan”.
En el aire se dispersa lo maternal y las semillas de la fecundidad. Y en Madre-Ciruelo es imposible escapar de la madre. ¿Uno nunca se va de su madre? ¿La madre es un país? La ciruela es un útero, la tierra es un útero, el universo es un útero. El aire reina en las paredes uterinas y está contenido en ellas. El elemento aire está asociado al viento, al aliento. En el primer poema del libro se agradece al viento: “tocamos el piso veinte minutos antes gracias al viento”. El aire representa el mundo sutil intermedio entre el cielo y la tierra, el de la expansión, que llena, dicen los chinos, el soplo (ki o chi) necesario para la subsistencia de los seres... la libertad aérea habla, ilumina, vuela. El ser aéreo es libre como el aire y lejos de estar evaporado participa por el contrario de las propiedades sutiles y puras del aire.
La segunda teoría es LA DE LA VOZ COMO VERDAD Y CONTINUACIÓN DEL SER: “Voy a irme/y voy a escuchar en el contestador/mensajes viejos/de la voz que bajó// “¿Cuánto podrá vivir ella todavía./sitiada en sus órganos vitales?// ¿cómo será el silencio/de quién es/ sobre todo/voz? Ó “¿perdió la vida al perder la palabra?” Madre-Ciruelo sostiene que si no está el cuerpo queda la voz que viaja por el aire. Podemos ser transparentes, invisibles; claramente en este libro está la voz de la que se nombra como la Interlocutora Principal y que no se va a acallar como una radio encendida para siempre y hay un diálogo madre-hija que, sin dudas, no va a tener fin. Y la voz, casi sin cuerpo o ya sin él, se restituye en la palabra escrita. Es en la escritura en la que esa voz vuelve a tomar un color, y entonces somos recuerdos y palabras. Nuestros cuerpos son cuerpos de palabras. El personaje de la madre cuando ya no está físicamente, asoma entre los libros de la biblioteca como un libro más. La madre es el lomo de un libro, que está triste pero puede ser leído. Una de las citas que lleva el libro pertenece a Heberto Helder y dice “vi que la muerte era romper una palabra y pasar (...) hacia una nueva palabra”. La madre deja por escrito una lista de cosas a la hija y esa lista es guardada en un cajón de la mesa de luz y no será abierta hasta que el propio cuerpo de la madre esté en otro cajón. Otra vez lo escrito reemplazando a lo corpóreo. La hija que acompaña a la madre en su enfermedad no agarra la mano de la enferma, la ocupa escribiendo un poema en la esperanza de que esa suspensión del amor madre-hija en la escritura, permita finalmente, que la madre no muera o apresar ese instante en el que está viva para siempre.
Madre-ciruelo, invita a pensar, también, cuántas versiones diferentes de madre que pueden existir. Sea quién sea la madre todos tenemos como hijos o padres algún tipo de vinculo materno, pero Madre-Ciruelo hay una sola. Claro que en el título del libro hay un juego con esa maestra que todo lo sabe, que, además, se define como un “hada que parece una bruja”. Una madre que firma las cartas tumadre, así todo junto, como una unidad o totalidad. Como si el personaje golpeara la mesa y se riera, a la vez, de que a esa hija no le importe lo que le dice. Sin embargo, en el texto también se señala: “Si la verdad existe,/ por desgracia, es lo que dijo/ una madre.// decía/ cualquier cosa./ Y era cierto.// Decía las cosas más secretas/ que nadie hubiera podido/proferir”. Madre-Ciruelo es una madre que aprueba lo que hace la hija, la hija siente que la madre aprueba lo inesperado y eso abre en el texto una nueva interrogación ¿si jugamos a lo inesperado, desafiamos a la muerte? Para esta madre y esta hija la vida y la muerte parecen ser sobre todo un juego. Leo: “Juan Pablo, a vos no te hablo; Silvina se fue a la China;/Valeria se fue a la feria y Alberto, al puerto/ a buscar pescados muertos”, ó “La risa se parece al llanto, sobre todo/ cuando llorás de risa//y tu risa desanima/mis lágrimas de huérfana/.” Ó “Ella fue viaje o sorpresa, nunca vieja”.
La elección del ciruelo y sus flores y de las ciruelas, para definir a la madre, adquiere en el libro, múltiples significaciones. Claro, que hay muchas clases de ciruelas, amarillas, rojas, violáceas, pero en este caso creo que son de las violáceas. Desde el primer poema todo se tiñe del color de las ciruelas, se aterriza en un “domingo rosado”. Más allá de la particular simbología del ciruelo, considero que en este texto, el fruto, la ciruela, es símbolo de la vida pero también de la enfermedad. Es el fruto que alimenta y a la vez, representación del cuerpo enfermo. En la gama del rosa, del lila y del violáceo se da cuenta de lo vital y de lo enfermo. La enfermedad de la madre es acuosa, rosada, excesiva. El agua parece inundar las raíces para volver al ciruelo transparente. ¡Peligro: las raíces se pueden pudrir!.
-¿Mamá, vos cocinas mermelada de ciruelas para que yo pueda escribir?
Mientras leía Madre-Ciruelo recordé una teoría propia acerca de los padres. Los padres como un órgano, es decir, como el hígado, el páncreas, el órgano-padres, que late, se enferma y puede sanar, como cualquier otro órgano. El órgano-padres tiene una tendencia imperialista y se proyecta desde nosotros como un país. En Madre-Ciruelo una madre implosiona y expulsa a la hija, la madre implosiona en la hija y fluye la enfermedad que lo contamina todo. Leo: “También el cuerpo se vuelve de fragmentos extasiados/ No madura/ porque no es una fruta, / si bien se sostiene/entre las hojas que le dan un marco”.
¿Quién no vio alguna vez un ciruelo cargado de frutos que nadie recolecta, doblado a más no poder y las ciruelas cayendo a la tierra, expulsadas por el árbol, y en la sombra, explotando, agrietándose, volviéndose agrias en su excesivo dulzor? Como diciendo, sí, claro, la maternidad es un exceso. Como se piensa en Madre-Ciruelo: “una desmesura del amor”.
Me atrevo a decir que en Madre-Ciruelo la madre es el aire y el padre es el agua. Se vuelve a nadar en el líquido amniótico pero para buscar al padre. Cuando el padre muere la madre ordena: “haga cada uno alguna cosa/ pensando en su padre” y esta hija nadó. “Nadar entre palabras/que somos en un lenguaje menor entre las sábanas, páginas, mortajas, azulejos, como teclas donde la mano al apoyar provoca/ el casi inaudible chasquido/ del líquido,/ mi primer amigo...”
El personaje de la hija, frente al progreso de la enfermedad, tiene la sensación de haberse clavado una espina del rosal de la madre y siente que éste “le inoculó un rumor verde” y así como drogada, la hija intenta no enfermarse e invita a la madre a dormir y a soñar mientras le dice: “De lo que no se puede mirar, mejor no hablar”; “tu silencio guarda, tu cuerpo guardado” y “El horizonte viene a buscarnos como espigas adivinatorias”. Ambos cuerpos, el de la madre y el de la hija son ofrendados en un ensueño al viaje y al azar.
Pero, también, el ciruelo es uno de los frutales más rústicos y fáciles de cultivar y sus flores resisten muy bien las heladas. La flor del ciruelo se refiere a la inmortalidad... los Inmortales se alimentan de ella y constituye el blasón de Lao-Tsé, ya que éste nacido bajo un ciruelo, declara al instante hacer de él su nombre de origen. Y en uno de los poemas más bellos del libro se dice: “Yo estuve en ese País interior/ antes que mis hermanos/, como Lao Tsé en su madre Li,/Madre Ciruelo, Hija del Jade de Brillo Oscuro”. Y son las flores resistentes del ciruelo las que traen, finalmente, el recuerdo de la madre: “los copos blancos del ciruelo/traen algo de mi madre/ con el viento/”. ..”No voy a seguir triste. Ayer al llegar/a la calle del embarcadero habían nevado/tus pétalos toda la vereda y me puse feliz”. “El ciruelo levanta la tierra y un viento tibio/ me envuelve/ ¿o me atraviesa?/ El ciruelo florece/ en mí./ No para que me olvide/sino para recordar”.
“Sueño siempre con ella”
Para terminar y dado que como dije este libro es un diálogo que no va a tener fin, imagino algo que los personajes podrían decir:
-Madre-Ciruelo que estás en los cielos, hola ma, mirá, soy la que flota, por fin te encontré.
-Hija querida que estás en los cielos, bajá, sentate tranquila y disfrutá esta fuente de ciruelas, brillantes, a punto.

Selva Dipasquale
Invierno 2007

Una selección de poemas de Madre-Ciruelo,
puede leerse aquí:

ROXANA PÁEZ


2 comentarios:

Anónimo dijo...

QUERIDA ROX. TODO VUELVE A SENTIRSE. EL DOLOR NOS EMBARGA Y EL PLACER DE LEERTE SE MEZCLA CON LAS VIDAS PASADAS

Anónimo dijo...

querida Roxana, leerte es un placer, que ganas tengo de leer tu proximo libro...
? habra uno ?