martes, 28 de agosto de 2007

OSVALDO AGUIRRE, LENGUA NATAL



Balbuceo de una lengua o lugar donde algo acontece.

"¿Las casuarinas?/ Hacían de cuenta que un sol radiante/ las limpiaba".
La lengua se abre con el alba y es parte inalienable de un árbol, de una rama que se duerme y así son las cosas. Pero el lugar desafía las tormentas y de pronto todo se ilumina como las casuarinas en una noche serena.
Es que el mundo real, también se disipa cuando en un campo de abril aparecen los galgos, las liebres y los teros, ahí, donde se habla de un modo liso, donde se dice que se dice y en esa fluctuación, el decir poético se desplaza no con dificultad sino con una cadencia que determina una función melódica:
"Porque los teros/ marcan para los galgos,/ la posición de las liebres/ en el campo".
Tierra con sus relaciones en sí mismas relativamente simples y sin embargo esa manera rudimentaria está llamada a enriquecer las facultades del recuerdo. Si el tiempo estructura las lenguas, la lengua natal es tiempo suspendido en el lugar del relato:
"Entre las hojas oscuras/ de la enredadera/ el cardenal mostró/ el color más vivo/ del atardecer".
¡A comer! Como pájaros, los personajes aparecen en escena teatral con la naturalidad de lo cotidiano, porque la mesa familiar también es el lugar donde aparecen las palabras.
"- No comiste nada,/ Rosita: falta hambre./ Hay que limpiar,/ sacar brillo, por amor/ de Dios a los huesos,/ y después repetir./ Pero esa parte/ -¿quién la quiere?-/ todavía tiene carne".
En la casa familiar está la pertenencia, la inmersión en los sueños de la siesta después de un almuerzo abundante.
Y cuando se indaga en esa lejanía se descubre un cosmos: una búsqueda, la maldición de Guevara, un día de cosecha o páginas de un herbario.
“Clausuraba el sur/ suspendían sus charlas/ calandrias y caseros/ parecía que iba a caer/ un diluvio de piedra…”. Y esta vez, el aire está a merced de una amenaza que hasta podría espantar a los nidos, pero sin embargo todo continúa.
Y a medida que el relato se hace extraordinario a través de sus versiones, el recuerdo se agranda como si se bajara al interior de un tiempo que ya no tiene fecha. Entonces se echan las raíces. ¿Pero la raíz no nos ayuda acaso a descender e indagar aún más en el pasado?
Variaciones relatadas, algunas veces extraídas como de una naturaleza muerta:
"Un racimo de uvas/ y ciruelas de la planta/ - lavadas. Como centro/ de la mesa llena de migas/ y huesos que ya huelen/ los perros, sobre un plato/ de loza: sólo para sacarse/ el gusto de la boca".
Otras como verdadero extrañamiento:
"En el centro del plato/ emerge de pronto la araña".
O bien el silencio mismo como único signo de progreso.

El pueblo surge en la distancia y como un relato dentro del poemario el viaje de los Hansen asombra en sentido inverso. Esta vez los personajes salen de su habitat para adentrarse en un mundo para ellos absolutamente incomprensible.
De modo que la intimidad estalla en todos lugares, en la casa, rodeando un mantel con platos y cubiertos, junto a las casuarinas, entre los galgos o en el relato que los Hansen hacen de su viaje. Porque hablar de algo es un viaje en sentido inverso, un itinerario que hace la ensoñación para adueñarse del recuerdo.

LENGUA NATAL está escrito con palabras llanas, sin artificios, que hace sentir al lector un interlocutor más de las conversaciones alrededor de esa mesa, como una presencia que se suma al paisaje y hasta con la sensación de sobresalto por una contingencia imprevisible. Es difícil salirse de allí, de esa interioridad trabajada por alguien que conoce la lengua y el lugar como su propia casa.
Los cortes de verso son el balbuceo mismo que desdibujan de forma imperceptible los límites del lenguaje y sin embargo, las voces vibran en un acorde sin vacilaciones.

RITA KRATSMAN

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