domingo, 5 de agosto de 2007

OTRA POÉTICA DE LA LUNA



La ensoñación empieza en el agua, y murmura una música cristalina.



RUSALKA es una ópera con música de Antonín Dvorák y libreto de Jaroslav Kvapil (1868-1950), estrenada en Praga el 31 de marzo de 1901. El nombre de la ópera proviene de la mitología eslava, donde Rusalka es un espíritu del agua que vive en el lago. El libreto, escrito por el poeta Jaroslav Kvapil está basado en los cuentos de hadas de Karel Jaromir Erben y Bozena Nemcová y contiene elementos que aparecen también en La Sirenita de Hans Christian Andersen y Undine de Friedrich de la Motte Fouqué. El poeta lo terminó en 1899 e inició la búsqueda de un compositor interesado. Dvorák, que siempre admiró las historias de Erben, leyó el libreto y compuso la música en un tiempo relativamente corto. El aria más conocida de la ópera es la Canción a la luna, que canta Rusalka para pedirle que la convierta en un ser humano que pueda ser amado por un príncipe. En esta historia, la verdadera exaltación del amor consiste en su sublimación por medio de una renuncia con el fin de redimir al ser amado y no en su realización carnal. En ello reside la fuerza del drama que se intenta transmitir a través de la narración de este cuento fantástico.

Muros impenetrables de follaje circundan el lago y se oyen voces de ondinas vaporosas en la orilla. El agua, por medio de sus reflejos multiplica el mundo. La superficie está iluminada por una espléndida cascada que baja del cielo. Y de esa naturaleza Rusalka sale y produce un sueño: le pide a la luna que la convierta en un ser humano, para poder ser correspondida por ese príncipe, del que se enamoró perdidamente. Rusalka querría tener piernas y lanzarse al mundo de la tierra, pero debe esperar el momento en que la sustancia nocturna se mezcle con la sustancia líquida: punto de fusión en que la luna aparece y deviene intermediaria. Y como si un Eros de las aguas encendiera el alma de la ondina y le dictara palabras envueltas en una melodía arrolladora, se produce la ensoñación. De ahí en más, el fulgor de la noche se adueña del aire y mantiene al agua despierta. Entonces las sombras violetas desaparecen para dar lugar a los peces en un vuelo chispeante, a los asfódelos, iluminados por el astro. Como si en ese espacio, la enamorada disfrutara de una dicha sin el menor atisbo de amenaza, así como los pájaros cuando emprenden un vuelo protegido de fuerzas oscuras. Y como si esas alas prestadas a Rusalka por lo divino, la elevaran a un sitio seguro, dado que en todo vuelo la dicha soñada no conoce la tragedia. Pero cuánto duraría en Rusalka el ensueño? Cuánto tiempo le daría el aire a ese ensueño sin dotarlo de un peso inalterable? No hay ninguna forma de evasión, la suerte está pactada: una repentina influencia del cielo le proporciona al lago el tinte de las lágrimas, y es por eso que en el aria, se percibe la congoja de un amor consternado. De modo que la luna es la única confidente del infortunio de Rusalka. La música se alza sí, y alcanza en el cristal su tono más diáfano, pero para descender gradualmente y retornar a la gravedad del silencio primitivo, como si en ese descenso de las notas se anunciara un final predecible.

RITA KRATSMAN