lunes, 6 de agosto de 2007

INGMAR BERGMAN




El cineasta de la introspección.


Ingmar Bergman murió en “su isla” Faro donde vivió aislado durante los últimos años.
Y es precisamente ahí donde los días de su cumpleaños, recordaba junto a sus parientes, al adorado Chaplin en su sala de proyección.
Nacido el 14 de julio de 1918 en Upsala, Bergman era hijo de un rígido pastor protestante, de modo que tuvo una adolescencia atravesada por una neurosis religiosa y existencial, ligada a las puniciones, al perdón y al castigo, encontrando refugio sólo en su teatro de marionetas, como bien lo cuenta en La linterna mágica.


GENIO Y PESADILLA DE LOS CINEFORUM


Los temas de su filmografía ya desde el principio (la guerra entre los sexos, el sueño imposible de una armonía entre el hombre y la naturaleza, el egoísmo y el abuso como condición existencial) asumían en cambio un valor metafísico, abandonando lo concreto de lo cotidiano en sus retratos psicológicos, para interiorizarse sobre los máximos sistemas: la vida, la muerte, la infelicidad, la ausencia de Dios…
Un festejo, para una cultura cinematográfica que seguía con determinación la educación del público. Pero también una revancha para la cultura católica de aquellos años, que finalmente encontraba una manera de enrolar en sus filas- aunque con doble beneficio- a un maestro indiscutible.
Cannes lo había consagrado en 1956 por “Sonrisas de una noche de verano”; Berlín en 1957 por “El lugar de las frutillas”; y Venecia un año después, lo premió por el modo refinado de “El rostro”.
Por suerte, Bergman no es sólo la partida de ajedrez entre el Caballero sin fe y la Muerte, el reloj sin agujas que agita el sueño del anciano médico o las tantas imágenes donde el simbolismo termina pareciendo demasiado programático y significativo.
Bastaría cualquier secuencia de “Un verano con Mónica” (1953), con su capacidad de transmitir la sensualidad de una adolescente de dieciséis años que quiere perderse en abrazo de la naturaleza y de su primer amor; o en “Una lección de amor” (1953) con el tema dolorosísimo de una crisis conyugal afrontada con la levedad de la comedia brillante; o la fascinación y la gracia con la que es restituida en la pantalla, la belleza de las cuatro intérpretes de “Sonrisas de una noche de verano” ( Eva Dahlbec, Ulla Jacobsson, Harriet Andersson y Marguit Carlquist) para entender que Bergman no es sólo angustia y tormento sino mucho más.

Es cierto, el psicoanálisis más que una constante parece una necesidad en su modo de contar las cosas, el simbolismo y el expresionismo son herencias culturales (cómo no pensar en Strindberg y en Ibsen) de quienes es difícil liberarse, la tradición puritana y represiva de la religiosidad nórdica no pasó indemne en la educación del joven Bergman. Y a medida que avanza en su carrera y afina sus medios expresivos (aprendiendo también a exorcizar ciertas heridas autobiográficas) el cine de Bergman conquista espesor y complejidad, fascinación e intensidad y sobre todo una capacidad de verdad y belleza que sólo le cabe a los grandes.
El retrato femenino de “Gritos y Susurros” (1973) o la saga familiar de “Fanny y Alexander” (1982) no son sólo la prueba de una maestría indiscutible que atraviesa los umbrales de la introspección psicológica (el primero) y el placer novelesco (el segundo), nos ha ofrecido dos obras mayores que por sí solas alcanzarían para lograr una carrera. Son también la demostración de cómo el arte de Bergman llega a conciliar las contradicciones de la vida sin ignorar ninguna, a veces jugando con la fuerza literaria de los diálogos, otras, explotando al máximo la intensidad expresiva de los intérpretes (hasta se podría escribir un ensayo solamente sobre las actrices bergmanianas: Harriet Andersson, Liv Ullmann, Bibi Andersson, Ingrid Thulin, Lena Olin…) usando la luz como un revelador de sentimientos. Y también aquí, cabe hacer un elogio a su director de fotografía Sven Nikvist para lo cual se necesitarían páginas y páginas.
Una madurez que no se abandona nunca en la autocomplacencia y que en el último film de una gran carrera,“Zarabanda” (2003) se puede recordar todavía que el privilegio de ser artista puede tal vez ayudar a calmar los dolores de la vida, aunque no a eliminarlos.

Paolo Mereghetti, Corriere Della Sera , 31 de julio 2007.

Traducción: Rita Kratsman