lunes, 16 de julio de 2007

APUNTES SOBRE BEATRIZ, María Teresa Andruetto



Beatriz fue escrito a partir de dos visitas a la poeta santafesina Beatriz Vallejos y del encuentro –unos diez años anterior- con su poesía.
La primera visita, hacia noviembre de 2001, poco antes de la debacle nacional, en su casa de San José del Rincón, con recuerdos de artistas plásticos santafesinos –sus amigos- de la movida cultural de los sesenta, más un jardín frondoso con bosquecito de bambúes incluido, más calles arenadas de pueblo y la deslumbrante proximidad del Paraná o mejor, de uno de sus brazos, el Ubajay. La segunda, en octubre de 2004, al pequeño departamento de Rosario al que la llevaron porque ya no podía vivir sola. A todo lo cual precede, en diez años por lo menos, el encuentro con su poesía – que provocó todo el resto- y después, de un modo epistolar, con su persona, a través de los breves escritos compartidos, en su caso al dorso de fotografías de lacas, actividad cuya factura en algún momento empezó a ocupar el lugar de la poesía.
Después de muchos titubeos, decidí titular el poema con su nombre, Beatriz, ese nombre que tanto significa en la literatura de occidente...El proceso de construcción, de progresión, fue complejo porque la escritura misma fue provocada por su palabra, y es con esas palabras suyas fragmentadas que se hizo en mí el poema. Yo ya había trabajado a partir de las palabras de otros poetas, con citas en itálicas que tenían en todos los casos su referencia que hoy, por lo menos a mí, me parece excesiva. Más tarde, en algunos cuentos, tal vez para probarme o por puro divertimento personal, introduje algunas citas (restos de literatura en la memoria) escondidas, tan escondidas que nadie me dijo haberlas visto. Fue divertido saber que una línea del Poema conjetural de Borges, por ejemplo, una línea muy conocida, por muchos citada, podía entrar en un texto narrativo sobre mujeres gordas perdiendo toda entidad, aplebeyándose –si se me permite el término- entre mis palabras.
Decidí, por una necesidad que me fue manifestando el texto en el mismo proceso del hacer, tomar las palabras de Beatriz Vallejos (muchas veces palabras, algunas veces frases), barajarlas y dar de nuevo, borrando a veces incluso su condición de cita: palabras (o breves frases) de Beatriz, en muchos casos intervenidas, a la vez que amalgamadas con las mías. Pero lo que en ella había llegó además al poema de otra manera: vinieron también citas textuales que, esas sí, puse, en casi todos los casos, en itálicas. También sucedió que aparecieron frases mías que necesité que tuvieran una tipografía de cita. Digo necesité: es la palabra que se me ocurre, porque intenté suprimir las itálicas (como me lo pedía la razón, las buenas razones) y una y otra vez en sucesivas capas de revisión, volví a ellas. Palabras de Beatriz intervenidas, modificadas, en romanas. Más mis palabras también en romanas. Más citas textuales de sus poemas en itálicas. Más líneas mías en itálicas, como si de citas se tratara. Y cuando parecía que todo iba a quedarse ahí quieto, vinieron también otros textos, otros restos: una cita de Juanele Ortíz, transcripta pensando en mis hijas, una frase de Chejov que viene siempre a mi memoria en una traducción cuyo autor desconozco o cuyo nombre perdí como tantas otras cosas, porque pertenece a una lectura de juventud, el esbozo de un relato interrumpido sobre la propia infancia, la frase Abu Amar, nombre privado de Arafat que tampoco pude borrar de una revisión a otra, porque el día de mi encuentro con Beatriz en su departamento de Rosario era el día de la llegada del ataúd con sus restos y yo veía, de soslayo, cómo se interponía entre nosotras la pantalla con la imagen de una caja, la caja donde cabe un hombre que es tragado por su pueblo. Eran imágenes de muerte, pero también de gloria, las que pasaban por el televisor, y ese nombre, ese sonoro nombre repetido, me traía ecos de las celebraciones cristianas, especialmente de los rezos y letanías escuchados cuando acompañaba a mi madre a algún velorio en el pueblo y alguien se acercaba para preguntarle si podía rezar un responso. Recuerdos de su voz diciendo mater doloris, mater pecatoris, la rima insistente en los atributos de madre, y después rosa mística, torre ebúrnea... mis letanías preferidas y tras cada frase el murmullo portentoso del ora pro nobis que se descerrajaba sobre nosotros y cuyo significado y cuya música, oscura y teatral, tardé mucho en descifrar. Entre los muchos textos de otros que vinieron al poema que se fue escribiendo, llegó también una frase de la cultura cristiana Árbol de la esperanza mantente firme que recuerdo de los catecismos de la infancia y cuya existencia vi actualizada en una mayólica expuesta en un geriátrico donde trabajé muchos años, puesto ahí frente a la desesperanza estaba –está todavía- en aquella mayólica ese llamado a la esperanza. Frase/llamado que, recordé después, está también en un cuadro de Frida Khalo. Y finalmente (¿o fue todo al mismo tiempo?) llegó también el título de un trabajo de semiótica –Teoría del Arbolito- que una amiga escribió y sobre cuyos materiales conversamos alguna vez.
Todo esto (y quién sabe cuánto más) está en la trastienda de lo que se va escribiendo.¿Qué hacer con ese pasado de escritura y de vida que se revela, que se oculta, que resiste en nosotros? ¿ de qué modo se subsumen en nuestra memoria esos restos? ¿borramos o hacemos visibles los rastros? ¿borramos primero para evidenciarnos después, en el título, el epígrafe, en estas conversaciones sobre lo escrito? ¿o escribimos un poema sobre Beatriz, para Beatriz, un poema con sus palabras, para borrarla después? Con lo reciente y lo lejano, con el ayer y el hoy, se ha ido tejiendo un texto que vino a ocupar el lugar de la memoria, un texto donde las palabras de Beatriz Vallejos aparecen y desaparecen entre las mías mientras yo me muestro y me oculto en la confesión.


Beatriz. María Teresa Andruetto. Ediciones Argos, Córdoba, 2006.

BEATRIZ VALLEJOS

Bio-bibliografía

Nació en Santa Fe en 1922. Publicó entre otros: El collar de arena (1980), Espiritual del límite (1980), Pequeñas azucenas en el patio de marzo (1985), Horario corrido (1985), Lectura de bambú (1987), Sin evasión (1992), Donde termina el bosque (1993), Del río de Heráclito (1999), El cántaro (2001), del cielo humano (2000), detrás del cerco de flores (2002). Alumna del imaginero chileno Carlos Valdés Mujica, es también laquista, disciplina artística en la que trabaja con materiales ligados al paisaje del litoral como maderas de las islas, pigmentos naturales, nácar de caracoles y espinas de peces regionales.

Poemas


Tarjeta de humo

apantallan
aguardan
de una nada
un algo


Los ríos

La humanísima vez
que cae una lágrima.


Huerto del alba
A Miguel Hernández

Huerto del Alba, sentémonos
aquí Miguel, que está
buena la luz para ver


Ángeles en los umbrales

De hogazas de neblinas
La madre los despeina

Calladitos están
rotosos de mí


Quise bordar
El poema inasible


Quise bordar
una corola
la corola fue pájaro

Quise bordar mi corazón
y regresó el pájaro
a llevarse las hebras.


Atardece

apaisado profundo


Ciudad

fosforece de lejos
como un nido


Serena conexión

Una pequeña mujer china
como sería yo
bordó esta pequeña pantalla
de rafia y de colores
como lo haría yo

Leo sus manos
Leo su absorto perfil
bordando un pequeño detalle:
“Yo soy”.

Tinta de Goya

negra de azul
la tinta de joya de Goya