martes, 22 de mayo de 2007

BEATRIZ, texto de María Teresa Andruetto



Cuando dos estilos se funden para crear una sola poética.

Beatriz o Beatrice (donna angelo) válida comparación dada la estirpe poética de Beatriz Vallejos, poeta en quien está basado el libro, un poemario donde dos estilos nos ofrecen en su oposición: univocidad e iluminación uniforme.
Y es en la condensación poética donde surge sin lugar a dudas una multiplicidad de sentidos que obliga necesariamente a un análisis peculiar:

por aquí pasó un corderito

¿un corderito?

no lo he visto

El resto en blanco de la página nos hace pensar en todo lo que se dice donde no se dice.
Despojada de cualquier individualismo, la autora trabaja la mimesis hasta el límite, ya no se sabe quién es quién en cada una de las voces, de modo que lejos de todo exhibicionismo individual, se está frente a un texto despojado de artificios, colmado de imágenes poéticas que disparan hacia un lugar donde no cabe la confusión.
El texto abre con Autorretrato ante el caballete y un epígrafe de Shitao que dice:
El pincel sirve para salvar las cosas del caos. Servirá también la poesía?
Y como señala Diana Bellesi en la contratapa: ”…pintar al otro, prestarle oído o atención digamos, es también pintar el propio autorretrato”.
De modo que en Beatriz nos encontramos al mismo tiempo con otra estirpe, la de María Teresa Andruetto quien nos conduce a través de las páginas y nos hace detener ante cada poema como ante un lienzo, para descansar y pensarlo, por lo tanto una vez ingresados en esa particular exposición ya no podemos salir sin haberlo mirado todo.
“Incontaminado ayer de San José del Rincón” dice Beatriz Vallejos en un epígrafe, palabras que Andruetto toma prestadas de la poeta.
Y así nos adentramos en el poemario: sitio, lugar, punto en el mapa donde suceden las cosas que seguramente seguirán salvándose del caos. Y de ahora en más deberemos adivinar de quién es la palabra en itálica y de quién la otra:

sentémonos aquí,
dijo,
de orilla a orilla,
que está buena la luz para ver

(alguien levanta un vaso
y resplandece)

La omisión de mayúsculas y puntos finales dan cuenta de un tiempo por delante, un tiempo que puede detenerse en cualquier punto de una conversación sin el apremio de la lógica cotidiana y continuar después con sus hilos:

hilos de las islas,
aire


No son casuales tampoco las palabras de Juan L. Ortiz otra voz que despierta la necesidad también en Vallejos, de una mimesis.
De manera que las voces de una tradición se entrelazan porque se habla de Ayer con mayúscula en ese rincón del Ubajay con siriríes y garzas, aunque sólo una garza en el arrozal puede modificar el paisaje.
Y así pasa la vida y el tren pasa y los camalotes señalan los pasos de Beatriz y de María Teresa y los funden en uno solo al igual que sus voces.
Felicidad del silencio compartido pero también la sombra de una soledad, la de Beatriz en el silencio de la casa cuando María Teresa se haya ido, pero la seguirá acompañando porque deben reconocer que les fue dado un día a un paso del sol, casi nada.
Y también casi todo en las gárgaras del rocío y en el idioma del pan.
Como del mismo modo la esperanza aparece y despliega sus registros:
cantemos a dos voces dice el poema pero quién lo dice, quién de ellas?
Por qué todo ese tiempo para estar juntas no alcanzó y fue necesaria una coda?
Qué faltó decir todavía?

Beatriz
tenía un corderito
que vino a comer
de mi mano

A modo de reflexión al final del texto María Teresa Andruetto confiesa:
¿Qué hacer con ese pasado de escritura y de vida que se revela, qué se oculta, qué resiste en nosotros?

RITA KRATSMAN







BEATRIZ


María Teresa Andruetto















Autorretrato
ante el caballete




a Alejandro Schmidt




El pincel sirve para salvar
las cosas del caos.
Shitao





1.


Esto es lo que queda
de un hombre que se muere:
un pincel y la mano agrietada
que sostiene el pardo, el rojo,
el amarillo... la mano que va,
que se desvela, desde el charco
de luz hacia la tela.






2.


Lenta la pincelada oscura,
el hijo del molinero
tantea con ojos ciegos
la espesura
hasta dar con la luz.








3.


Este rostro ya estaba
debajo de la tela, estaba y carcomía
con su podredumbre el retrato del joven
con gorguera. Bajo las arrugas y los ojos
desteñidos están los ojos arrogantes
de otro tiempo, pero ni el otro ni éste
son grandes, a todos los ha herido
esta luz: ya nada es menos,
hasta lo más miserable
tiene su destello.








4.


No es la pieza oscura donde pinta,
ni la pobreza que trajo la desnuda forma.
ni la luz que cae sobre la gorra,
ni el pelo desprolijo, ni la barba,
tampoco el cuerpo vencido,
ni el olor rancio del encierro.
Son los ojos que no encuentran
a Saskia, a Hendrickje, al bienamado Tito;
los ojos que se han vuelto
hacia un lugar de nada,
hacia el vacío.





5.


Otros buscarán la nota pura,
la imagen que persiste, la tersura,
como buscan sus ojos en la tela

(es la mirada lo que abruma,
lo que desvela)







6.


También yo persigo una palabra
oscura en los retratos de Saskia,
en la ternura de Hendrickje, en la viva
luz de Tito, y el aire de bondad,
la carnadura de un hombre
que se deshizo.















BEATRIZ






a Beatriz Vallejos









Atardece:
Apaisado profundo
B.V.


















AYER






incontaminado ayer
de San José del Rincón
B.V.















por aquí pasó un corderito

¿un corderito?

no lo he visto










I



detrás del cerco de flores,
la mariposa en la pared de cal
y el grito de los teros

(hila la lumbre, Amor,
y amanece)



Celia
me guió por el jardín,
entre las cañas

(¿hasta cuándo este ayer?)

había retablos en la mesa
y ese poema que habla de la luz
y las naranjas.



En la puerta, ella abrió el Ubajay.



sentémonos aquí,
dijo,
de orilla a orilla,
que está buena la luz para ver



(alguien levanta un vaso
y resplandece)








II



resplandece

ella dice una palabra

amanece, resplandece









III



cuando el sol se acostaba
en el río, volví por las calles
de arena
hacia el terraplén


hilos de las islas,
aire...


una yegua
y su cría, un hombre de pesca,
una lancha

mientras volvía
a casa


como si no hubiese nadie.













HOY











Llueve en mi corazón y llueve
sobre el Yan Tsé
Juan L. Ortiz










I



hablamos de Ayer,
de tu rincón
del Ubajay con siriríes y garzas

(en el arrozal/una garza
una garza sola/ una garza)



tenías en otro tiempo un corderito,
y se lo llevó el río
(¿o aquella casita blanca?)

Ahora
ni el grito de los teros
ni sus pequeñas alas



estoy preparando la huída, decís,
y yo no sé hacia dónde iremos
con el cuerpo o la cabeza
esta mañana



Levantamos los vasos,
la jarra
entorna el agua
pero qué celebrar



por el televisor pasa el entierro
de Arafat
Abu Ammar
Abu Ammar
pasa el entierro de Arafat

(si la mecedora fuera un ala,
si el ala fuera una flor)

si la mecedora fuera
un ala, prepararíamos la huída
para dos.






II



hay pequeñas azucenas en el patio
y como un collar de arena
donde termina el bosque,

pero dónde termina el bosque
¿en la garganta?



Llamamos a Celia, a Silvia,
a Clara...
ayer fui
hacia tu casa, vi tus lacas, escuché
el latido de tu corazón

yendo iba
descalza yendo iba
pies de arenal cruzando
desvaídos lilas
iba

íbamos las dos



Si el tren pasa, si la vida pasa...
(¿no ha pasado ya?)
es porque el río lleva hacia
tu casa.



Los camalotes van hacia el olvido
por encima del silencio van



señalan nuestros pasos,
mi paso igual al tuyo.


Van.






III



Con esa edad de Jacinto,
ay, y ese aire vendrán
a verme. En un collar de arena
anudo mis palabras a las tuyas.



Escribo:
tenías, Beatriz, un corderito
y su pelo era blanco como la nieve.
Era, en griego, como la nieve.



Las lacas del Imaginero
con espinas de peces de tu río
y con nácar son ahora souvenires
sobre la mesita.



un corderito tenías
en el idioma de las gárgaras del rocío,
y en el idioma del pan

¿hay un idioma del pan?

tu pelo es blanco
como la nieve.









IV



Beatriz era una niña
en el idioma de las gárgaras
del rocío

y en el idioma del corderito.



Cantaré la canción del corderito:
(¡la cantemos a dos voces
y una orquesta!)

Árbol de la esperanza
-teoría del arbolito-
mantenme firme


¿y qué es la esperanza,
madrecita mía?







V



¿Cómo está Teresa?
¿escribe?

(escribe, digo, todavía)

alguien se acerca
con un vaso de agua, una pastilla


trinaba el agua/
trina/
huerto del alba/
trina

sube
¿desde cuándo?
raposa, la rapiña.


trinaba/canoa de la luna/
trina








VI



con un poco de fe
llego a su casa esta mañana.
Por un momento la vida vuelve, y reímos
de nada

no te alejes, Misha, de la felicidad,
decía Chejov, acéptala...



Acéptala...
una mujer cena sola
¿cómo era cuando todo estaba vivo?



después quedamos
en silencio
es el silencio de la casa

(es el olvido)







VII



Una vez con mi madre
en la feria...

una vez con mi madre,
en el último foco de una ruta,
frente a la casa de un tío....

una vez con mi madre...


¿qué sabía yo entonces de la muerte?

¿qué sabía,
madrecita mía?







VIII



Árbol de la esperanza
mantenme firme:
sobre esta palabra que sostiene,
mantenme firme.






IX



con un poco de fe, una se va sola

(preparo la huida y no sé
hacia dónde)


Algo nos distrae:
Hablamos
(¿o soy yo la que habla?)
de los bambúes al fondo de su casa

(ésta no es su casa)

de ese rincón del Ubajay
donde atardece como en este lugar
esta mañana.



Levantamos los vasos:
una ceremonia
de olvido.

Anudo
mi palabra a la suya, como un collar
de arena. Escribe, digo,
escribo.

Todavía.



Hablamos de su gata como un duende,
y de Violeta...
(está sentada frente al plato
de comida)

yo le llevé jazmines

yendo iba
descalza yendo iba
pies de arenal cruzando
desvaídos lilas iba.

Íbamos

pero la vida ha pasado
(aguantaderos
del vivir)

y dónde estás.






X



Nos fue dado un día
a un paso del sol

casi nada.






XI



cuando Beatriz tenía un corderito
y su pelo era blanco como la nieve,
nos fue quitado un día, a un paso
del sol


Casi todo.


el corderito era como la nieve

en el idioma de las gárgaras del rocío
y en el idioma del pan
era como la nieve.


Tenía un corderito y el corderito
era blanco y Beatriz
era una niña

y de pronto, nadie
(humo, humus)

nada.






XII



Cantemos
a dos voces
y una esperanza:

Árbol de la esperanza
mantenla firme


¿y qué es la esperanza
madrecita mía?














CODA











Beatriz
tenía un corderito
que vino a comer
de mi mano











arre, corderito

(palabra, mano,
vida)

arre











arre

que allá arriba
esperan los jotes,

arre


















San José del Rincón, noviembre de 2001.
Esteros de Iberá, julio de 2005.


Apuntes sobre Beatriz



Beatriz fue escrito a partir de dos visitas a la poeta santafesina Beatriz Vallejos y del encuentro –unos diez años anterior- con su poesía.
La primera visita, hacia noviembre de 2001, poco antes de la debacle nacional, en su casa de San José del Rincón, con recuerdos de artistas plásticos santafesinos –sus amigos- de la movida cultural de los sesenta, más un jardín frondoso con bosquecito de bambúes incluido, más calles arenadas de pueblo y la deslumbrante proximidad del Paraná o mejor, de uno de sus brazos, el Ubajay. La segunda, en octubre de 2004, al pequeño departamento de Rosario al que la llevaron porque ya no podía vivir sola. A todo lo cual precede, en diez años por lo menos, el encuentro con su poesía – que provocó todo el resto- y después, de un modo epistolar, con su persona, a través de los breves escritos compartidos, en su caso al dorso de fotografías de lacas, actividad cuya factura en algun momento empezó a ocupar el lugar de la poesía.
Después de muchos titubeos, decidí titular el poema con su nombre, Beatriz, ese nombre que tanto significa en la literatura de occidente...El proceso de construcción, de progresión, fue complejo porque la escritura misma fue provocada por su palabra, y es con esas palabras suyas fragmentadas que se hizo en mí el poema. Yo ya había trabajado a partir de las palabras de otros poetas, con citas en itálicas que tenían en todos los casos su referencia que hoy, por lo menos a mí, me parece excesiva. Más tarde, en algunos cuentos, tal vez para probarme o por puro divertimento personal, introduje algunas citas (restos de literatura en la memoria) escondidas, tan escondidas que nadie me dijo haberlas visto. Fue divertido saber que una línea del Poema conjetural de Borges, por ejemplo, una línea muy conocida, por muchos citada, podía entrar en un texto narrativo sobre mujeres gordas perdiendo toda entidad, aplebeyándose –si se me permite el término- entre mis palabras.
Decidí, por una necesidad que me fue manifestando el texto en el mismo proceso del hacer, tomar las palabras de Beatriz Vallejos (muchas veces palabras, algunas veces frases), barajarlas y dar de nuevo, borrando a veces incluso su condición de cita: palabras (o breves frases) de Beatriz, en muchos casos intervenidas, a la vez que amalgamadas con las mías. Pero lo que en ella había llegó además al poema de otra manera: vinieron también citas textuales que, esas sí, puse, en casi todos los casos, en itálicas. También sucedió que aparecieron frases mías que necesité que tuvieran una tipografía de cita. Digo necesité: es la palabra que se me ocurre, porque intenté suprimir las itálicas (como me lo pedía la razón, las buenas razones) y una y otra vez en sucesivas capas de revisión, volví a ellas. Palabras de Beatriz intervenidas, modificadas, en romanas. Más mis palabras también en romanas. Más citas textuales de sus poemas en itálicas. Más líneas mías en itálicas, como si de citas se tratara. Y cuando parecía que todo iba a quedarse ahí quieto, vinieron también otros textos, otros restos: una cita de Juanele Ortíz, transcripta pensando en mis hijas, una frase de Chejov que viene siempre a mi memoria en una traducción cuyo autor desconozco o cuyo nombre perdí como tantas otras cosas, porque pertenece a una lectura de juventud, el esbozo de un relato interrumpido sobre la propia infancia, la frase Abu Amar, nombre privado de Arafat que tampoco pude borrar de una revisión a otra, porque el día de mi encuentro con Beatriz en su departamento de Rosario era el día de la llegada del ataúd con sus restos y yo veía, de soslayo, cómo se interponía entre nosotras la pantalla con la imagen de una caja, la caja donde cabe un hombre que es tragado por su pueblo. Eran imágenes de muerte, pero también de gloria, las que pasaban por el televisor, y ese nombre, ese sonoro nombre repetido, me traía ecos de las celebraciones cristianas, especialmente de los rezos y letanías escuchados cuando acompañaba a mi madre a algun velorio en el pueblo y alguien se acercaba para preguntarle si podía rezar un responso. Recuerdos de su voz diciendo mater doloris, mater pecatoris, la rima insistente en los atributos de madre, y después rosa mística, torre ebúrnea... mis letanías preferidas y tras cada frase el murmullo portentoso del ora pro nobis que se descerrajaba sobre nosotros y cuyo significado y cuya música, oscura y teatral, tardé mucho en descifrar. Entre los muchos textos de otros que vinieron al poema que se fue escribiendo, llegó también una frase de la cultura cristiana Arbol de la esperanza mantente firme que recuerdo de los catecismos de la infancia y cuya existencia vi actualizada en una mayólica expuesta en un geriátrico donde trabajé muchos años, puesto ahí frente a la desesperanza estaba –está todavía- en aquella mayólica ese llamado a la esperanza. Frase/llamado que, recordé después, está también en un cuadro de Frida Khalo. Y finalmente (¿o fue todo al mismo tiempo?) llegó también el título de un trabajo de semiótica –Teoría del Arbolito- que una amiga escribió y sobre cuyos materiales conversamos alguna vez.
Todo esto (y quién sabe cuánto más) está en la trastienda de lo que se va escribiendo.¿Qué hacer con ese pasado de escritura y de vida que se revela, que se oculta, que resiste en nosotros? ¿ de qué modo se subsumen en nuestra memoria esos restos? ¿borramos o hacemos visibles los rastros? ¿borramos primero para evidenciarnos después, en el título, el epígrafe, en estas conversaciones sobre lo escrito? ¿o escribimos un poema sobre Beatriz, para Beatriz, un poema con sus palabras, para borrarla después? Con lo reciente y lo lejano, con el ayer y el hoy, se ha ido tejiendo un texto que vino a ocupar el lugar de la memoria, un texto donde las palabras de Beatriz Vallejos aparecen y desaparecen entre las mías mientras yo me muestro y me oculto en la confesión.