sábado, 14 de abril de 2007

"ESTA ES LA TIERRA, CORAZÓN", poemas de Marta Braier


Ya desde el título, la autora nos convoca y asistimos a un diálogo, es evidente que nos quiere mostrar alguna cosa que en el desorden de la superficie, no podemos apreciar. En otras palabras, como si el barullo de lo cotidiano impidiera de alguna manera una visión minuciosa.
Y es en la “hondura de la tierra” donde el ojo, será el instrumento que va a develar el lugar de los espacios ocultos. No se trata de una curiosidad pasiva sino de una búsqueda en tensión que no se permite el reposo.
Así el texto de Marta Braier, invita a recorrer cada una de sus páginas como si levantara la tapa de un arcón y pidiera que compartamos con ella, revelaciones en juego incesante o como si el poemario a modo de bitácora, nos guiara por los vericuetos de un viaje intenso.
De manera que cuando abrimos el libro, nos sorprende un torrente de imágenes que se multiplican en los dominios de la luz y del sonido, topologías necesarias de una escritura que se resuelve en un equilibrio de nostalgia y levedad. Es así como se desenmascara un deseo que emerge de irrevocables experiencias y que articulándose a un estilo, encuentra finalmente su armonía.
Si la poeta fuerza a la poesía a hablar, el objeto poético nos obliga a mirar:
"Grandes pétalos se abrían que pedían ser mirados".

Y las palabras avanzan en dulce jadeo y se reparten en capítulos sin renunciar por ello, al continuo de un paso regulado.
Todas las voces en una sola voz aparece por momentos como una criatura en fuga, en otros como un pájaro que se canta a sí mismo conformando a manera de repertorio un tejido polifónico:
¿Te viste, voladora/ al acecho la mano/ de adorado temblor húmeda raíz encendiendo tardes/ de un tiempo ido?
Canta la poeta y también lo hace Neil Sedaka en "Oh Carol", tema que irradia la urgencia de una mímesis, obstinación de un referente que se transfigura y culmina en otra letra:
"…deja que la lluvia te moje la cara, baby". Bajar a la morada profunda del recuerdo nos permite descender hacia nuestro propio interior: universalidad del acto poético. De modo que cada instante se rescata gracias a la nitidez de la memoria, como en un proceso fotográfico, concentración del ser en un solo punto:
“Esta jarra te sobrevive, papá..." Pero la riqueza temática no se detiene, como no se detiene el mundo, y desde el universo infinito de texturas, tanto Magritte como Aida Carballo ofrecen su estética inspiradora a la poeta, como una flecha que se aloja definitivamente en un verso, en un ritmo, en la exquisita condensación de una estrofa: “…los hombrecitos de Magritte/ caen con sus paraguas/ desde el lluvioso cielo”.
Lo imprevisible rompe de algún modo cualquier intento lineal:
“Hay un caballo muerto/ detrás de la ventana/ y un pianista/ que no deja de tocar”.

¿Pero acaso la ensoñación que revela, no encuentra también sus “claras” señales en el sobresalto de alguna contingencia?

Si bien en el descenso a las profundidades, no se puede evitar el encuentro con la materia orgánica que constata una muerte, debemos admitir que aún en el punto de dolor, algo se aclara. Por lo tanto, esa amenaza in crescendo que persigue un acorde patético, es al mismo tiempo natural, como la muerte, como la vida misma y aún así, la gravedad se distancia cuando la autora dice:
“…acostado boca abajo / no pensaste nada más/ recuerdo la blancura de tus pies/ habías dejado la puerta de calle entreabierta/ vi un niño solo jugando a la pelota/ en la cocina el caldo se secaba”.
Y en el juego de esa geometría dialéctica entre el adentro y el afuera, el contrapunto alcanza su apoteosis. Y es ahí, cuando la poeta se asoma como desde una ventana - forma de estar donde no estamos- para hablar de la carcoma (gusano casi imperceptible) y divisar al mismo tiempo ese "animal informe" que recorre las calles de Buenos Aires en la Argentina del 2001. Momento en que la amenaza se concreta bajo el grito unánime de un monstruo social:
“Pero algo huele a peste/ en la selecta biblioteca ...
...Y el mal olor/ entra por la puerta entreabierta”
.
Pero las puertas se abren para el mundo de afuera y para el mundo de la soledad, de modo que todo se dibuja en el vaivén, como un cosmos de lo entreabierto que nos permite ese "estar acá y allá" en alternancia necesaria.
Lo mismo que las mariposas en el poema de Ferlinghetti que abre el texto, un resplandor entra y sale y por momentos se posa en la cabeza zumbadora de la poeta. Así que,
"Esta es la tierra, corazón/ hebras de luz/ un acorde sencillo"

Rita Kratsman

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