martes, 24 de abril de 2007

DE DANTE A LUZI, ESA METÁFORA QUE GUSTA TANTO AL ARTE



A principios del Trecientos (siglo IV) hacía poco que el limbo había sido inventado. Pero si Benedicto XVI hubiera vivido en la época de Dante probablemente la Divina Comedia hubiera sido un poema rengo o así mismo el Canto IV del Infierno hoy sería otra cosa.
Porque en la obra maestra dantesca faltaría el limbo. Es decir, el lugar en el cual están colocadas las almas de aquéllos que no pecaron pero que no pudieron conocer a Dios: los “párvulos inocentes” muertos sin bautizar y los virtuosos paganos. Obviamente esos pobrecitos que salen de las tinieblas están por lo menos envueltos por un hemisferio de luz y no sufren ninguna pena corporal, aunque su sufrimiento que se expresa en largos suspiros, nace del deseo no apagado de ver a Dios.
Dante se desvanece por primera vez, también lo hará en el canto sucesivo, mientras se apresta a pasar el Aqueronte. Un fuerte trueno lo despierta en el preciso momento en que encuentra a Virgilio en el borde del abismo infernal. El maestro palidece. ¿De qué tiene miedo? No, no es miedo, es la piedad que siente al confrontarse con las almas del primer círculo, justamente el limbo, al que él mismo pertenece. Y es así, porque Virgilio tuvo el infortunio de vivir antes de Cristo. Exactamente como las sombras de los cuatro grandes poetas que ambos encontrarán más adelante: Homero, Horacio, Ovidio y Lucano. Todos condenados al limbo, a pesar de haber dejado en la tierra, honor y fama. En verdad, también otro conjunto de almas, en el pasado, habían visto provisoriamente la luz del limbo: son los patriarcas del Antiguo Testamento, a quienes, apenas renacido, Cristo los llevó consigo al Paraíso. Para los otros no hay esperanza, incluido Virgilio, y la fila de los “spiriti magni” entre los cuales Dante acomoda un número bastante importante de héroes ligados a la leyenda y a la historia de Roma, además de filósofos, científicos y escritores del mundo griego y romano, pero no sólo (escuchen, escuchen) algunos personajes del mundo árabe como Saladino y los filósofos Avicena y Averroes. La palabra más frecuente en el canto IV es “onore”. El limbo es una prisión, una suerte de “Rebibbia” (cárcel de Roma) para los hombres de honor, se podría afirmar con un sonrisa. Si no fuera que sobre el honor de Dante no se bromea: en el canto precedente estaban los viles, aquí, en cambio, se encuentran los verdaderos magnánimos.
Quizás, si en ese momento el limbo no se hubiera sido creado o si hubiera sido precozmente abolido, Dante no habría siquiera elegido a Virgilio como guía, porque la condición “limbica” era la ideal para un maestro que de todos modos, en el umbral del Paraíso, habría tenido que ceder el paso a Beatrice. Pero ciertamente, con el primer círculo dantesco se derrumbaría en cascada una importante porción del arte, el italiano (y no sólo éste) que pintó no pocos “descensos al limbo”, desde Giotto a Mantegna. Pero a diferencia de los fieles del Medioevo, hoy la literatura italiana parece haber creído más en la metáfora que en la hipótesis teológica: tal es así que entre nuestros escritores citan el limbo verdadero y propio, sin detenernos en otros, “sólo” Maquiavelo, Carducci, Pascoli, quien señala correctamente la etimología: la palabra “limbo” significa “borde”. Uno de los pocos modernos a tomarlo seriamente fue Mario Luzi quien en un famoso ensayo oponía al infernal ( y predilecto) Dante al “limbale” (y un poco ascético) Petrarca. Pero ahora que los teólogos lo han mandado a pasear o mejor dicho al infierno, del limbo no quedará, quizás, más que el recuerdo de una bella metáfora.

Paolo Di Stefano (Corriere della Sera, 21 de abril de 2007)
Traducción: Susana Anfossi

No hay comentarios: