sábado, 24 de marzo de 2007

LA INCLASIFICABLE DELMIRA AGUSTINI, por Jorge Ariel Madrazo



A 120 años de su nacimiento –meses más o menos- vale recordar a una fuerte personalidad de la poesía uruguaya, Delmira Agustini, figura ligada en parte al llamado Romanticismo, pero que va más allá: una voz femenina en buena medida inclasificable, entre las más originales, imperfectas y al propio tiempo más elaboradas de su época ; lectora de Verlaine y de Samain, amiga e interlocutora epistolar de Rubén Darío. En fin, una mujer quizás más famosa por su final trágico y su biografía que por razones literarias, y que a su vez procedió a una suerte de construcción de su propio y memorable personaje. Acompañado por una imagen física rotunda, de carnes abundantes y cabellos desbordados.
Sobre tal supuesto romanticismo, podría remarcarse que el mismo privilegió, en este caso, una ética de la subjetividad exaltadora –y autodestructora– de la propia identidad. Un proceso que aunque muy diferente en sus rasgos y jerarquía, admite cierta remota filiación con los gestos radicales de otros personajes románticos de mucha mayor trascendencia, afectos también a ese jugarse en andas de una subjetividad en llamas, tanto en Europa como en América. La imaginación, las pasiones (volcánicas en muchos casos), el desorden de los sentidos exigido por Rimbaud.
Todo ello se halla transpuesto de alguna forma en esta uruguaya nacida en 1886 y muerta trágicamente el 6 de julio de 1914. La asesinó, se sabe, el ex marido, quien curiosamente -dado el espectacular repudio que ella había manifestado por él- se había convertido en su amante: se reunían en forma más o menos secreta, en una habitación que él alquilaba y llena de fotos, fetiches y muñequitos. En ese marco, la mata y se suicida.
Ahora bien, no es fácil separar a Agustini-poeta del personaje. Cabe destacar dos hitos centrales. Por un lado, la actitud “transgresora” -palabra en exceso remanida- y la rebeldía, que se dan no en el plano de lo social, ni siquiera en el feminismo algo quejoso por el estilo del “tú me quieres blanca” sino en una revolución más personal y auténtica, aunque implicara la desgastante fabricación de una figura. Criada en un hogar acomodado, con una madre autoritaria que le trazó un destino que incluyó el retiro de la escuela para seguir un aprendizaje -puertas adentro- de francés, pintura y música, y con un padre permisivo, Agustini recreó en vida y obra la noción del doble, uno de los motivos centrales del romanticismo, el famoso döppelganger. Título de un libro de Heine, y obsesión que luego retoman Poe y muchos otros románticos, como Hoffmann. Y Delmira parece haber vivido, sí, una doble vida. El tópico de su propia doble naturaleza y el auto-cuestionamiento de sus impulsos se traslada a su obra, que se sigue haciendo, no sólo porque cada lector sigue reconstruyéndola, sino porque cada época la resignifica y le otorga nuevos dobleces.
El “caso” Agustini es debatido aún hoy. Por una parte está la rebeldía ante la idea del yo femenino vigente en el Uruguay de principios de siglo, un país que sin embargo ya en 1907 implantó la ley de divorcio y que con Battle y Ordóñez en el período 1911-1915 propulsó leyes sociales que lo ubicaron entre los más avanzados de América. De todas maneras, era un Montevideo pacato que no podía consentir que una joven gritara a los cuatro vientos su afán –real o literario, pero en un escritor todo es literario– de plenitud sexual.
Escribía de noche, en veladas de largo insomnio –según numerosos testimonios–; y curiosamente, esos encendidísimos poemas eróticos se los entregaba en la mañana al papá, para que los pasara en limpio... Poemas de una incandescencia subversiva a un punto al que no llegó nunca Alfonsina, y mucho menos Ibarbourou.
Tras un noviazgo fallido alrededor de 1910, Delmira se relacionó con un rematador de posición económica sólida, Enrique Job Reyes, con quien se casó en agosto de 1913. Semanas más tarde huyó despavorida jurando no tolerar tanta vulgaridad, y regresó con sus padres. Como quedó dicho, después prosigue esa relación como amante, mientras mantiene volcánicos amores epistolares -no se puede asegurar mucho más- con un prestigiosísimo político socialista de la época: Manuel Ugarte, donjuanesco, inteligente y escritor brillante. Ugarte iba a ser –dato llamativo– testigo del matrimonio con Job Reyes.
Esa era la Delmira que mantuvo una polémica con un crítico importantísimo, Alejandro Sux, en las páginas de Mundial Magazine. Y que escribió cartas a Rubén Darío, de igual a igual. Darío, que había visitado Montevideo y la había conocido a través de Ugarte, redactó a su turno un breve prólogo para el último libro de Delfina, Los cálices vacíos, de 1913. La poeta había publicado ya El libro blanco, en 1907, y Canto de la mañana en 1910. Por otro lado, escribe cartas a su marido y al padre en las que deliberadamente se aniña, adopta varios sobrenombres (Yuyu, la Nena), dice “yo te quedo muto”. Una de esas cartas culposas, aniñadas, dice: “estoy escribiendo cosas malas, no las escribiré más...". Tamara Kamenszain ha remarcado en un trabajo ese lugar de «niña» en que han querido situarla los críticos de la época. Era, para tal imaginario, un personaje inocente, que no sabía qué hacer con su candor. Al respecto, importa el brevísimo pero consagratorio prólogo de Darío a Los cálices vacíos: “De todas cuantas mujeres hoy escriben en verso ninguna ha impresionado mi ánimo como Delmira Agustini, por su alma sin velos y su corazón de flor. A veces rosa por lo sonrosado, a veces lirio por lo blanco. Sí esta niña bella continúa en la lírica revelación de ese espíritu como hasta ahora, va a asombrar a nuestro de lengua española. Sean con ella la gloria, el amor y la felicidad.” Hasta Darío pretendió fijarla en la absurda imagen infantil.
Delmira manejó muy bien las distintas formas poéticas; en algún momento imita a Darío y utiliza mucho del bagaje modernista de los lirios, de los heliotropos, del azur, del cisne. Pero aporta líneas muy extrañas: “En mi alcoba agrandada de soledad y miedo, / Taciturno a mi lado apareciste / Como un hongo gigante, muerto y vivo,/ Brotado en los rincones de las noches...” Está hablándole a un presunto amante y la imagen más devota y tierna que surge es: “un hongo gigante, muerto y vivo” . Y en otro lugar: “...Y era mi mirada una culebra / Apuntada entre zarzas de pestañas / Al cisne reverente de tu cuerpo./ Y era mi deseo una culebra / Glisando entre los riscos de la sombra / A la estatua de lirios de tu cuerpo!”.
Este lenguaje casi gótico poco tiene de aniñado. Ni de "romántico", en el sentido vulgar del término. Corresponde a otra vertiente conceptual y sentimental: “ ¡Así tendida soy un surco ardiente, / Donde puede nutrirse la simiente / De otra Estirpe sublimemente loca!." Y cabe recordar su muy leído poema «Fiera de amor»: "Fiera de amor yo sufro hambre de corazones. / De palomos, de buitres, de corzos o leones, / No hay manjar que más tiente, no hay más grato sabor,/ Había ya estragado mis garras y mi instinto, / Cuando erguida en la casi ultratierra de un plinto / Me deslumbró una estatua de antiguo emperador.” Ya se verá qué destino le cabe a esa "estatua", al amado que adquiere la fría inanidad del mármol.
Los cálices vacíos, reeditado entre nosotros por Simurg, reúne los tres poemarios y algunos poemas inéditos de Rosario de Eros, todo lo que dejó esa Delmira que habla de “...las grandes arañas del desvelo" transcurriendo en el seno de una inquietante "nata de agua lustral en vaso de alabastros”. Un decir lírico de cuño modernista (aunque, otra vez: esas "arañas"...), pero que al mismo tiempo se rebela abiertamente contra los artificios darianos; por ejemplo, en «Mis ídolos», donde el imperio de lo natural echa por tierra con esos ídolos que llegaban desde "tierras no vistas, de muy lejos, / Menudos y enigmáticos, en estuches preciosos...", y sobre cuyos escombros se eleva "...el dios nuevo que reinó, simple y fuerte, / En la belleza austera del templo de lo raro." Se valida, aquí, otra vez, el impulso emotivo y "sincerador" del romanticismo. Recuérdese que Wordsworth, en el prefacio a las Baladas líricas publicadas conjuntamente con Coleridge, proponía que para el poeta romántico no es una situación determinada lo que da relieve a la emoción, sino que es tal emoción la que pone en foco una situación equis. La emoción está omnipresente en Delmira Agustini si bien teñida y tamizada por el repertorio modernista contra el cual, sin embargo, insurge; así como se rebela contra su condición, contra el rol matrimonial y hasta contra la misma idea de la maternidad. Como cuando alude a “la estrella vacía de mis entrañas" que incuban "...un gran huevo infecundo..."; o al "diente feroz que me carcome”.
Es un repertorio de imágenes con las que lacera, flagela permanentemente al cuerpo femenino pero también al del amado. Todo es garra, rotura, herida: “y soy el cisne errante de los sangrientos rastros”... El cisne de Darío, presente también en Alfonsina, pero transformado en cisne herido y sangrante, que nada en la noche.
La misma torsión ocurre en uno de sus poemas más conocidos, “El vampiro”, donde se cuestiona su relación con el amado del texto: “¿Por qué fui tu vampiro de amargura?... / ¿Soy flor o estirpe de una especie oscura / Que come llagas y que bebe el llanto?” La pasión es también desdén: “Vedlo allá arriba, miserable, inerme, / Más pobre que un gusano, siempre en calma”.
Tal, la ¿romántica-posmodernista-gótica? Delmira Agustini, y concluimos con la primera cuarteta de un poema arquetípico, “El intruso”. Vale decir, el invasor sexual: “ Amor, la noche estaba trágica y sollozante / cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura; /luego, la puerta abierta sobre la sombra helante;/ tu forma fue una mancha de luz y de blancura…” Estrofa, por cierto, inequívoca.*

JORGE ARIEL MADRAZO

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