domingo, 11 de febrero de 2007

"LA BELLEZA DE UN POEMA EXTRAORDINARIO", acerca del Canto I de la Divina Comedia por Jorge Aulicino




Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura
ché la diritta via era smarrita.

Ahi quanto a dir qual era è cosa dura
esta selva selvaggia e aspra e forte
che nel pensier rinova la paura!
Dante Alighieri
La Divina Comedia
Canto I



Estos versos de la Divina Comedia fueron para mí, siempre, la clave del libro entero y el procedimiento que decide la poesía que más me interesa.
Son los primeros versos del Infierno, la primera parte del libro de Dante Alighieri.
Copio, desde aquí,casi toda una nota que escribí para la revista Omero.
Eliot indicó la extraordinaria habilidad de Dante para aliviar al lector de la interpretación alegórica. Sustancialmente, Eliot señala que Dante inventa hechos precisos. Diremos nosotros que narra un hecho poético. El mecanismo se pone en movimiento con un deslizamiento de sentido en los primeros tercetos que ya no se detiene hasta consumarse el libro entero. Dante se encuentra en una selva en el medio del camino de la vida. Como el “camino de la vida” es claramente una metáfora, la selva debería serlo. Se trataría, unidas ambas piezas metafóricas, de una imagen en la que se aludiría al extravío espiritual en el que estaría sumido el narrador al promediar su existencia; digamos –como suele anotarse al pie-, alrededor de los 35 años. Sin embargo, Dante abunda sobre el carácter de la selva (“salvaje, áspera y fuerte”) de modo tal que puede irse relativizando la idea de una espesura metafórica. Se trata de una selva demasiado corpórea. Al menos, cierta ambigüedad acerca de qué tipo de accidente es éste comienza a instalarse. La misma ambigüedad entre símbolo y descripción se percibe en las bestias que Dante encuentra en aquel paraje selvático, antes de entrar en las tinieblas del inframundo.
Dante y Virgilio abandonarán el Infierno descendiendo por el cuerpo del demonio, que atraviesa la Tierra como un descomunal gusano. Tampoco es una mera alegoría. Dante menciona que el Maestro y el Discípulo se aferran a la pelambre de la Bestia. Cuando atraviesan el centro del planeta, Virgilio le indica que deben girar sobre sí mismos, como si se dispusieran a volver al punto de partida. Es que ahora el cuerpo del diablo está orientado de modo inverso, porque han entrado al hemisferio opuesto.
Borges percibió una extraña y lacerante tristeza en el Paraíso. Beatriz le sonríe a Dante desde el empíreo, y luego su mirada se vuelve hacia la “etterna fontana”. Dante comprende que la ha perdido. La apoteosis de Beatriz es la despedida final. Borges desarticula aquí las interpretaciones que los alegoristas hicieron del canto XXXI del Paraíso.
No es posible enumerar, sin glosar gran parte del texto, los detalles realistas de esta pesadilla. Recuerdo ahora la súplica de Pía de Tolomei en el canto V del Purgatorio: “Acuérdate de mí, que soy la Pía”. Urgencia, necesidad de ser recordada allá, en el mundo humano. Y, por añadidura, en el lenguaje corriente y familiar con el que la identificaban los suyos: Pía, la Pía.
Me parecería un error atribuir la abundancia descriptiva, el extraño materialismo de Dante, a una supuesta falta de recursos simbólicos en la época. Es más verosímil pensar en una percepción material de lo espiritual de aquellos hombres que eran aún de la Edad Media, en ya la burguesa Florencia. Mejor aun, en una inspiración genial del poeta. Lo cierto es que los alegoristas hicieron su obra en los siglos posteriores y no pudieron destruir la belleza de un poema extraordinario. La Divina Comedia enseña hoy que la poesía exige, antes que la destreza y variedad metafórica, apego consecuente con la idea central. El convencimiento de que el artificio de la imaginación debe ser expresado como un hecho verdadero.

Jorge Aulicino

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