martes, 6 de febrero de 2007

GERARD MANLEY HOPKINS: CUANDO EL OJO RELIGIOSO ILUMINA LA MIRADA DEL POETA, por Delia Pasini


Hijo de Oxford, donde había estudiado filología y se había imbuído del más estricto esteticismo griego, Gerard Manley Hopkins (1844-1889) se vio inmerso en esa visión estetizante del mundo, característica de la época victoriana. Los prerrafaelistas ingleses, como se sabe, revivieron la antigüedad clásica, platónica y epicúrea, la Florencia del siglo XV y el Dante de la Vita Nuova. Su conversión al catolicismo (fue recibido en 1866 en el seno de la Iglesia Católica por el Cardenal Newman, quien tuvo una decisiva influencia en su formación y, por cierto, en su posterior vocación religiosa) se debió a motivos demasiado profundos para reducirla a un simple ideal estético. Por el contrario, se trataría, entre otras motivaciones, de una vocación de servir, de rechazo a la exaltación de una belleza en sí misma vacua, ciega al sufrimiento, incapaz de asimilar la realidad cruel en la que estaban sumidos los hombres, en ciudades industriales que delataban la pérdida del equilibrio espiritual, despojándolos de su facultad de descifrar la naturaleza, revelada como gloria de Dios. No sé cuáles puedan ser los caminos del despojamiento, pero alcanzo a intuírlos: a Hopkins lo afligía la situación paupérrima de los trabajadores en la Inglaterra riquísima y excluyente de su época. Dos años después de su conversión ingresa a la Compañía de Jesús.
Su fe lo lleva a alejarse de la mitología antigua. Así lo expresa en una carta a Robert Bridges, poeta laureado, compañero de estudios y amigo de toda la vida, quien después de su muerte reúne, clasifica y publica sus poemas por primera vez: "Créeme, los dioses griegos son del todo inútiles. Despiden tal frialdad que en cualquier obra artística donde se los meta tienen que congelarse y morir".
Según Hans Urs von Balthasar "para Hopkins la cuestión es siempre el elemento individual y singular, el ojo que, a través de todas las leyes, de todas las ideas platónicas y de las formas aristotélicas, se clava en lo inconfundible del ser individual". Toda su poesía aparece tocada por esa "impaciencia por la gracia divina" como la denomina von Balthasar. La naturaleza, como obra de Dios, encierra sus misterios y su belleza salvaje. A diferencia de san Juan de la Cruz, Hopkins separa la poesía de la oración. Aun cuando el arte sirva en última instancia para expresar la gloria de Dios, no ha de convertirlo, porque "eso sería un sacrilegio", en una vía para manifestar los íntimos consuelos de la fe. Para él, el cristianismo es una fuente de inspiración, por medio de la cual se contempla el universo (creación divina) para solazarse en su belleza, y se accede al sacrificio de la Cruz para obtener la gracia.
La suya es poesía para entonar, no para recorrer con la mirada. Las palabras se encabalgan y conforman una melodía. No son dóciles ni serviles; no han sido concebidas para complacer, ni siquiera para encantar como salmodia. Encabritadas, responden a una métrica encabalgada libremente hasta llegar, por momentos, al contrapunto, por momentos a la fuga. Los versos en Hopkins se elevan, recorren una naturaleza conmovedora e indómita y constituyen una plegaria, un cántico de alabanza donde se reconoce el infortunio humano pero también su salvación. Hopkins busca en la poesía lo mismo que indagaba en la naturaleza: lo irrepetible de la forma individual. Y el misterio de lo poético, aquello que lo vuelve irreductible e indeducible, se da en él como algo "natural", ya no inaprehensible, sino como Verbo liberador. La lengua, para él, como cualquier hecho humano, no puede verse como algo inefable, sino como la obra encarnada del Hijo Crucificado. La revelación temblorosa del acento en el éxtasis, pero también en la comprensión, resume en él la grandeza de Dios. En lo inaudito de la poesía de Hopkins estalla, colmado de orgullo y de extrañeza, el sentido de ese júbilo que en Joyce habría de volverse epifanía.

La noche estrellada

¡Mira las estrellas! ¡Mira, mira arriba hacia el cielo!
¡Oh, mira ese pueblo de fuego posándose en el aire!
¡Las villas luminosas, las ciudadelas circulares!
Abajo, en sombríos bosques, las minas de diamantes, los ojos de los elfos,
el césped gris helado allí donde el oro, el oro veloz yace.
¡Mostellares batidos por el viento! ¡Etéreos álamos encendidos en llamas!
Copos de palomas se lanzan flotando para sobresalto del corral.
¡Ah bien! todo eso está en venta, todo eso tiene un precio.
¡Compra entonces, oferta entonces! —¿Cómo?— con oraciones, paciencia, limosnas,
{votos.
¡Mira, mira, el revuelo de mayo sobre las ramas del huerto!
¡Mira, marzo en flor sobre los sauces alimentados de amarillo!
Éstos son en verdad el granero; puertas adentro de la casa
las mieses. La empalizada brillante encierra a los esposos:
Hogar de Cristo, Cristo y su madre y todos sus santos.
Gerard Manley Hopkins

Traducción: Delia Pasini
Datos de la traductora y dos poemas de su autoría:
Nací y vivo en la ciudad de Buenos Aires. Desde 1979 he publicado:
Un decir se repite entre mujeres, Editorial Calidón, Bs.As., 1979.
Los peces de ceniza, Editorial Sudamericana, Bs.As., 1984.
Adiós en el original, XUL Ediciones, Bs.As., 1985.
Títere sin cabeza, Ediciones Último Reino, Bs.As., 1991.
De artes y oficios, Ediciones El Jabalí, Bs.As., 1998.
Parábola de ciegos, Paradiso Ediciones, Bs.As., 2005.
Premios recibidos:
Premio Teatro del Mundo 2002-2003. Universidad de Buenos Aires, Centro Cultural Rector Ricardo Rojas. Categoría Traducción por "Teatro completo de Oscar Wilde".
Premio Nacional de Poesía 1996/1999. Mención Especial del Jurado para el libro De Artes y oficios.
Trabajo como traductora literaria y la Editorial Losada ha publicado mis versiones de:
Alicia en el País de las Maravillas.
Un viaje imprudente. Antología de 20 cuentos de Katherine Mansfield.
Teatro completo. Oscar Wilde.
De Profundis y Ensayos completos. Oscar Wilde.
Cuentos completos, Oscar Wilde.
Otelo, Trabajos de amor perdidos, Cuento de invierno, Ricardo II y Enrique VI (Partes I, II y III). William Shakespeare.
Interesada en difundir la obra del poeta irlandés Gerard Manley Hopkins, he publicado traducciones de sus poemas en las revistas Criterio y Tokonoma, y también en El Jabalí, de la que soy colaboradora permanente.


Para el hombre del maletín azul
Que en realidad es negro. Y transforma
en señal de trabajo con esmero.
Una figura aferrada a su recato, su astucia
y su rutina.
El hombre del maletín azul (en rigor de verdad,
negro) designaba sus poemas con el nombre
de los días hasta que vio la flor. Una amarilla.
Fue cuando decidió ese nombre para sí.
Y al sumergir la cucharita en el café
probó el sabor ocre de la dulzura del invierno.
Hace tiempo ya habita mis lecturas y mis soliloquios.
Amarillo, obsesión de la infancia, conjura el maleficio
del estuario marrón. Atrae el oro de los tigres
y la loca impericia con que intento descifrar el regocijo.
El hombre del maletín azul y la flor amarilla
ilusionaba rosas y se burlaba de ellas.
No daba el tipo de cortesano isabelino.
Sorbía su café y sus palabras pero esa espina
lo punzaba. ¿Amarilla o lunácea?
Invade libros, citas y reminiscencias.
Acaso las espinas ya no tiñen de sangre su calvario.
Acaso verlo sea convocar el amarillo
dentro del vapor humeante de la página.
La cucharita gira y el azul se pierde en el silencio.
Una elección: amarillo atrapa y se evapora.
Color de muerte era en Italia.
Aquí, en el puerto, es matiz de alegoría y desenfado.
Estamos lejos de las minas de carbón,
palabras extranjeras suenan extrañas
en su manera de nombrar. Y aun cuando reconozca
su sonido, nunca sabré la cualidad de lo que evocan.
Sí, religiosa es la sustancia misma del poema.
No importa cuánto se crea, está el destino.
Tienta al hombre del maletín azul.
Él conoce otras cosas. No siente necesario
a ese poeta músico que comprendía el universo
aunque su mirada nos convoque en el Ángelus.




Abril

Inevitable ciudad sobre la espalda
a pesar de la tiranía de los horneros
echando del jardín al carpintero
copete rojo, cuerpo aperdizado.
Ella maúlla al trote, toma envión
hacia el alcanforero, se achica,
retrocede y elige la mesa de cemento
crocante de hojas del otoño.
Sabor a abril tiene el aire:
en remolinos el cielo encapotado,
hecho una furia el río,
alfombra ocre dorada cruje bajo los pies.
Es el baño bautismal,
delicia de retozar en el silencio.
Esa música despierta el deseo de otros siglos,
los libros por leer, con sus sonidos, su razón
y su desvelo. Ahora es momento de escuchar
sólo a los pájaros. Sólo a los pájaros.
El aire tiembla.

De: Parábola de ciegos (Paradiso Ediciones, 2005)

Delia Pasini

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